
Klement. 17-03-2026
Al conmemorarse un nuevo aniversario de la muerte de Carlos Marx y de la publicación del Manifiesto Comunista en marzo, se reabre el interrogante sobre su vigencia y la del marxismo. Por ello queremos compartir con nuestros lectores, una muy buena reseña periodística de ese Manifiesto.
A pesar de que pueda ser visto por muchos como un documento “viejo” o “caduco”, los hechos recientes muestran que el texto y sus autores ofrecieron herramientas de análisis científico para comprender las tensiones y contradicciones de la sociedad contemporánea, marcada por guerras, invasiones, crisis económicas, explotación, desigualdad creciente y conflictos sociales persistentes.
El Manifiesto Comunista no fue concebido como una obra meramente teórica, sino como señala el artículo que compartimos, un auténtico programa de acción revolucionaria. Sus autores, Marx y Engels no solo querían interpretar el mundo, sino que buscaron el programa, el método de lucha y la clase social que podía transformarlo. Su enfoque, basado en un método científico, permitió identificar las leyes que rigen el desarrollo histórico y el funcionamiento de este sistema capitalista en el que, mal que nos pese, vivimos todos destacando la lucha de clases, como motor fundamental de cambios revolucionarios que permitieron y únicos que permiten el avance de la sociedad.
A pesar de los intentos por reducir a Marx a un simple ‘filósofo’, su pensamiento estuvo siempre ligado a la práctica política y a la acción. Como señaló Engels, Marx descubrió “las leyes que rigen el desarrollo de la historia humana y el modo de producción capitalista«: «así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana«.
El Manifiesto…, entre otras obras, sintetizó lucha y experiencia de aquellos dos revolucionarios forjados en las luchas y revoluciones obreras de su momento y cuyo método científico les permitió además avizorar el peligroso futuro que significaba y significa para la humanidad y la naturaleza, la subsistencia de esta sociedad capitalista, basada en la explotación del trabajo ajeno y la opresión de los débiles y las minorías.
Muchas de las cuales están a la vista hoy: guerras, miseria, explotación laboral, profunda desigualdad social, violencia, concentración de la riqueza, crisis recurrentes y destrucción del planeta. Frente a ello, plantearon la necesidad de la transformación revolucionaria de la sociedad para conquistar una donde los trabajadores asumieran el papel dirigente en la organización económica y política de ella, se constituyeran en la clase dominante en beneficio de las grandes mayorías y del pueblo trabajador, una organización social no basada en el lucro de una pequeña minoría como el capitalismo, sino radicalmente diferente, el socialismo obrero.
Y su empeño y lucha se probó en la realidad. Las experiencias en un tercio de los países del planeta que lograron avanzar y se conocieron como “socialistas” (la URSS, China, Cuba, Europa Oriental, etc.), aunque sólo constituían pasos transitorios hacia ella. Enormes conquistas logradas a través de poderosas revoluciones que mostraron por varias décadas, avances inmensos en erradicar la explotación o la opresión, la eliminación de la violencia y la discriminación, la drogadicción y el resto de desigualdades sociales y lacras que constituyen el sello característico del capitalismo y el logro de acceso general y gratuito a derechos básicos como la educación, la salud, servicios y la vivienda. Sociedades intermedias, que, sin embargo, también evidenciaron profundas limitaciones. Especialmente cuando al inicio, a consecuencia del atraso y el aislamiento internacional y luego, a la traición, castas burocráticas no ‘comunistas’ sino estalinistas, usurparon la participación democrática y activa de los trabajadores en la gestión de la economía y de los destinos de esos países, derivando en regímenes policiales y profundamente autoritarios. Gobiernos que, con su gestión burocrática de la economía, su política de coexistencia pacífica con el imperialismo y buscar construir el socialismo “en un solo país”, terminaron llevando al completo fracaso y destrucción todos esos procesos, en alianza con los capitalistas del mundo.
Estos últimos, por supuesto no desaprovecharon ese profundo revés para proclamar el “fracaso del socialismo” y el triunfo definitivo del capitalismo y su democracia burguesa y sus derechos meramente formales y electorales.
No obstante, los hechos recientes son contundentes en mostrar las calamitosas consecuencias del ‘triunfo del capitalismo’. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha provocado miles de muertes, destrucción, el desplazamiento de cientos de miles de personas y el riesgo creciente sobre rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, lo que impacta directamente en el precio del petróleo, la inflación y en la economía mundial. Consecuencias que recaen, como es lógico, con mayor peso sobre los trabajadores y los sectores más vulnerables.
Lejos de tratarse de fenómenos aislados, estos acontecimientos se inscriben en una dinámica global marcada por guerras regionales en expansión, tensiones entre potencias y crisis humanitarias persistentes. La escalada militar en Oriente Medio, junto con conflictos paralelos como el del Líbano, evidencia una tendencia hacia la ampliación de los enfrentamientos. Un contexto con tragedias globales que se agravan: el horrendo genocidio del sionismo israelí en Gaza, los millones de desplazados, crisis económicas recurrentes, encarecimiento del costo de vida, deterioro ambiental y aumento de la desigualdad.
Aunque para algunos estos procesos pueden parecer lejanos o ajenos, la interconexión existente en la economía mundo, hace que sus efectos se extiendan rápidamente a todas partes. El aumento de los precios energéticos, la inflación o la inestabilidad económica son ejemplos concretos de cómo estos conflictos terminan impactando en la vida cotidiana incluso en regiones alejadas del epicentro de la guerra.
Todo ello configura un escenario que difícilmente puede caracterizarse como estable o prometedor. Por el contrario, refuerza la percepción de una crisis del sistema capitalista que afecta así sea de manera desigual, a toda la población mundial.
Se refuta así la existencia de un mundo de tranquilidad, prosperidad y paz con que muchos trabajadores, jóvenes y sectores de la población son ilusionados a diario por sus líderes y dirigentes, quienes les aseguran que es algo posible de lograr bajo esta sociedad capitalista.
Constituyen una bofetada a la proclama de que el capitalismo es el mejor sistema social posible y a las ilusiones en que lo correcto no es tratar de superarlo, sino que aún puede arreglarse y hacerlo humano. La evidencia muestra lo que significa para los trabajadores y los más pobres la subsistencia del capitalismo y los límites de querer humanizarlo por medio de reformas graduales, poco y a poco y con paciencia infinita con los mecanismos puramente electorales que embriagan hoy a la clase media.
Algo lamentablemente fomentado desde las organizaciones de la izquierda reformista, con su estela de activistas y militantes políticos y sindicales, que a contravía de la experiencia insisten en que se trata de “mitigar las injusticias sin eliminar el sistema capitalista” como señala el Manifiesto, y por el contrario se comprometen a gobernar para desarrollarlo. Dirigentes que ponen todos sus esfuerzos en lograr que los trabajadores y los jóvenes, como el avestruz “hundan su cabeza en la arena” de las elecciones y las ilusiones reformistas, para así evitar mirar cara a cara, la cruda realidad y sus peligros.
Aunque parezca novedosa, se trata de una conducta política ya anticipada por el propio ‘Manifiesto Comunista’, cuando hace su crítica demoledora a las “otras formas de socialismo” a las que define como “reaccionarias, conservadoras, burguesas o utópicas” y argumenta que estas corrientes “no entienden el potencial revolucionario del proletariado y buscan mitigar las injusticias sin eliminar el sistema capitalista…”.
Desde esta perspectiva, la lucha entre la urgencia por movilizarse para lograr transformaciones de fondo liquidando el sistema capitalista o el buscar su desarrollo con reformas parciales sigue abierta. Mientras muchas organizaciones reformistas de la izquierda tradicional, sostienen la posibilidad de corregir gradualmente las desigualdades, otras interpretaciones —como la que recoge el texto— consideran que los hechos actuales evidencian los límites de esas reformas y la persistencia de contradicciones profundas en el sistema capitalista.
El panorama internacional descrito reafirma la idea central: el Manifiesto Comunista continúa siendo una herramienta de interpretación para una realidad global atravesada por crisis profundas, conflictos armados y desigualdades estructurales que desmienten la promesa de estabilidad y prosperidad general bajo el capitalismo.
Con este texto buscamos dirigirnos a quienes desean ir más allá de las explicaciones psicológicas hoy tan difundidas, que reducen las causas de las crisis actuales a las características individuales de los gobernantes. Interpretaciones que, al centrarse en rasgos personales como la codicia o el egoísmo, dejan de lado los intereses económicos y políticos que representan esos gobernantes y los factores de fondo del sistema que defienden con la violencia que, por años, han venido haciendo.
El marxismo revolucionario plasmado en el Manifiesto Comunista, plantea una lectura integral de la sociedad, donde las contradicciones económicas, políticas y sociales son el eje para entender los conflictos contemporáneos. Destacar la utilidad del Manifiesto… invita a trabajadores y jóvenes conscientes a analizar críticamente la realidad y a cuestionar este sistema, así como a pensar en transformaciones revolucionarias, de raíz, frente a las múltiples crisis que afectan a las mayorías trabajadoras y pueblos oprimidos del mundo.
En este sentido, la vigencia del enfoque desarrollado por Karl Marx y F. Engels radica en su capacidad para identificar las leyes capitalistas que originan los conflictos sociales en esta sociedad y proponer salidas revolucionarias a un sistema que amenaza con llevar a la humanidad y al planeta a la tumba.
Esta y muchas otras, son razones para valorar la completa actualidad del análisis y las conclusiones científicas del marxismo revolucionario, que nos llevan a compartir este texto sobre el Manifiesto Comunista a nuestros lectores:
Un texto apresurado, amenazas desde Londres y una revolución anunciada: el trasfondo del “Manifiesto Comunista”
El 21 de febrero de 1848 salió a la luz el revolucionario texto que Karl Marx y Fredrich Engels escribieron por encargo de la Liga de los Comunistas. Qué partes del trabajo corresponden a cada uno de los autores y los “aprietes” de la dirigencia comunista para que lo terminaran a tiempo. Los primeros mil ejemplares de una de las obras más leídas de la historia
Por Daniel Cecchini[1] – 2026/02/21
Cuando el folleto de 23 páginas titulado Manifiesto del Partido Comunista fue publicado por primera vez el 21 de febrero de 1848, Europa vivía tiempos convulsionados y eran muchos los que creían que el continente estaba a las puertas de una revolución. Había rebeliones sociales en Suiza que en poco tiempo se expandieron por distintas regiones de Italia, se reprodujeron en París y se replicaron en Renania, Prusia, Austria y Hungría. El documento reflejaba esa situación desde sus primeras líneas de texto que hoy conoce casi todo el mundo: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una Santa Alianza para acorralar a ese fantasma: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales de Francia y los polizontes de Alemania”.
Pese a ser editado en Londres, la primera edición del documento salió a la luz en alemán con el título Manifest der Kommunistischen Partei, el idioma original en que lo escribieron dos revolucionarios alemanes, Kark Marx y Friedrich Engels por encargo de la dirección de la Liga de los Comunistas.
No hacía mucho tiempo que los dos intelectuales se habían sumado a la Liga, por entonces conducida por dos obreros alemanes exiliados en Londres cuyos apellidos han pasado a la historia: Karl Schapper y Heinrich, que pretendían convertirla en el embrión del partido de la clase trabajadora cuya propaganda promoviera la revolución social. La reticencia de Marx y de Engels, que habían creado en Bruselas el Comité Comunista de Correspondencia, se debía a que consideraban que la Liga tenía una organización verticalista que daba poco lugar a la democracia interna. Solo aceptaron sumarse cuando la Liga fue reorganizada para tornarse más democrática y eliminara lo que ellos habían definido como “la superstición autoritaria”.

Un texto urgente
La redacción del Manifiesto, entre los últimos meses de 1847 y principios de 1848, era un encargo urgente, dado el vertiginoso desarrollo de los acontecimientos en esos años. “La catástrofe de 1846/1848 fue universal, y la disposición de ánimo de las masas, siempre dependiente del nivel de vida, tensa y apasionada. Un cataclismo económico europeo coincidió con la visible erosión de los antiguos regímenes. Un levantamiento campesino en Galitzia en 1846; la elección de un Papa liberal en el mismo año; una guerra civil entre radicales y católicos en Suiza hacia fines de 1847, ganada por los radicales; una de las constantes insurrecciones autonomistas sicilianas en Palermo a inicios de 1848… Todo eso no era polvo y viento, sino los primeros rugidos de la tempestad. Todos sabían eso. Difícilmente una revolución haya sido más universalmente pronosticada, aún sin determinar en qué país y fecha daría inicio. Todo un continente aguardaba, presto para transmitir las primeras noticias de la revolución, de ciudad en ciudad, a través de los hilos del telégrafo”, los describe el historiador Eric Hobsbawm en Las Revoluciones Burguesas.
Tan urgente era que hacia fines de enero del ’47 la dirección de la Liga le envió desde Londres una carta perentoria – prácticamente un “apriete” – a Marx, que estaba trabajando en el texto en Bruselas. “Informamos que el Comité Regional de Bruselas deberá comunicar inmediatamente al ciudadano Marx que si el Manifiesto del Partido Comunista, cuya redacción él mismo consintió en realizar, no llegara a Londres hasta el martes 1º de febrero, las mayores medidas serán tomadas contra él. En caso de que el ciudadano Marx no escriba el Manifiesto, el Comité Central exige la inmediata devolución de los documentos que le fueran cedidos por el Congreso (de la Liga)”, decía. En otras palabras: lo terminás de una vez por todas o te vas.
La carta logró el efecto deseado, porque Marx y Engels se apuraron a terminarlo y enviar los originales a Londres, donde se hizo una primera tirada de 1.000 ejemplares en la imprenta de la Workers’ Educational Association.
Los aportes de cada uno
El Manifiesto Comunista no surgió de la nada, sino que se basa en parte en textos previos. Su principal antecedente son los Principios del Comunismo, redactados por Engels por encargo de la Liga de los Justos, una organización anterior a la Liga de los Comunistas. Es un texto didáctico, redactado con preguntas y respuestas para facilitar su comprensión a los obreros. Allí ya había un “programa de acción” de doce puntos donde se definía con claridad que la revolución proletaria no se podía concretar en un solo país”, ya que “la gran industria, al crear el mercado mundial, aproximó ya tan estrechamente unos pueblos de otros de la Tierra, que cada pueblo depende estrechamente de lo que acontece con los otros… la revolución social no será una revolución puramente nacional. Se producirá al mismo tiempo en todos los países civilizados”. Fue la primera manifestación de lo que luego se llamaría internacionalismo proletario presente en las futuras posiciones de los principales dirigentes de la Revolución Rusa, Lenin y Trotsky.

Fue idea de Engels la de sustituir las preguntas y respuestas de los Principios, al que consideraba un panfleto, por un texto más complejo y duradero en el que se presentaría al comunismo, la sociedad sin clases, como un fenómeno histórico universal. “Creo que sería mejor abandonar la forma de catecismo y llamar la cosa así: Manifiesto Comunista. Como es preciso hacer un relato histórico de cierta extensión, la forma que ha tenido hasta ahora es bastante inapropiada. Llevaré conmigo lo que he hecho aquí ¡es simplemente una narración, pero miserablemente compuesta en terrible prisa! Comienzo así: ¿Qué es el comunismo? Y luego voy derecho al proletariado: la historia de su origen, su diferencia con obreros anteriores, el desarrollo de la contradicción entre el proletariado y la burguesía, las crisis, los resultados. Mechado con esto, toda clase de asuntos secundarios, y finalmente la política de partido de los comunistas, en la medida en que pueda hacerse pública”, le escribe Engels a Marx en noviembre de 1847.
Sobre esa base y varios escritos previos de Marx, los dos revolucionarios alemanes pusieron manos a la obra para darle forma y contenido al Manifiesto, que es una obra donde se pueden rastrear ideas ya planteadas por uno y el otro. “No contiene una sola idea que Marx y Engels no hubiesen ya expuesto anteriormente. No revelaba nada; apenas concentraba la nueva concepción del mundo de sus autores en un espejo cuyo vidrio no podría ser más transparente ni el cuadro más circunscripto. A juzgar por el estilo, la forma definitiva del Manifiesto se debe principalmente a Marx, en tanto que Engels, como lo demuestra su proyecto, conocía con la misma certeza las ideas que fueron expuestas, mereciendo plenamente el título de coautor», sostiene Franz Mehring en Vie de Karl Marx.
No son pocos los historiadores que ven en la larga sociedad formada por Marx y Engels una clara división del trabajo, con un Marx más teórico y un Engels volcado fundamentalmente al activismo. El rastreo de las fuentes en las que se basó el Manifiesto muestra todo lo contrario: allí se articulan ideas de los dos. Por otra parte, Marx distaba de dedicarse exclusivamente a las ideas, como prueban sus trabajos como organizador en los años anteriores.
Las ideas del «Manifiesto»
El Manifiesto del Partido Comunista quedó dividido en un prólogo y cuatro capítulos: “I. Burgueses y proletarios”, “II. Proletarios y comunistas”, “III. Literatura socialista y comunista” y “IV. Actitud de los comunistas ante los otros partidos de la oposición”.
En “Burgueses y proletarios”, Marx y Engels sostienen que toda la historia es la historia de la lucha de clases. La burguesía ha creado un sistema global de explotación, pero ha generado sus propios “sepultureros”: los proletarios organizados. Termina con una afirmación fuerte: la caída de la burguesía y la victoria del proletariado son inevitables.

En el segundo capítulo, “Proletarios y comunistas”, definen a los comunistas como la vanguardia que busca abolir la propiedad privada burguesa y proponen medidas de transición como la expropiación de tierras, impuestos progresivos, nacionalización del crédito y transporte, y educación pública gratuita para eliminar la explotación de clase.
La tercera parte, “Literatura socialista y comunista”, critica otras formas de socialismo, a las que define como (reaccionarias, conservadoras, burguesas o utópicas, y argumenta que estas corrientes no entienden el potencial revolucionario del proletariado y buscan mitigar injusticias sin eliminar el sistema capitalista.
Finalmente, en “Actitud de los comunistas ante los otros partidos de la oposición”, Marx y Engels exponen la estrategia política, que incluye apoyar a los movimientos revolucionarios que desafíen el orden establecido, pero manteniendo su independencia para trabajar por la unión del proletariado internacional. El final es contundente: “Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones». Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. “Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar”. Y cierra la consigna que todo el mundo conoce: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.
Un impacto tardío

La publicación de la primera edición en alemán del Manifiesto no obtuvo la repercusión que esperaban sus autores y la Liga de los Comunistas. Además, aunque se anunció que sería publicado en inglés, francés, italiano, flamenco y danés, solo tuvo distribución en alemán. Fue reimpreso tres veces y también publicado por entregas en el Deutsche Londoner Zeitung, un periódico de los emigrados alemanes en Londres. Tampoco llegó muy lejos en las décadas siguientes. En 1849 se publicó una traducción al sueco y el año siguiente una versión en inglés que hoy son imposibles de encontrar. Durante la primera mitad de los ‘60 se publicaron dos ediciones de baja tirada en Londres y Berlín. Para mediados de la década, el texto de Marx y Engels estaba prácticamente fuera de circulación.
Esto fue reconocido por el propio Engels años después, en el prefacio de una edición alemana: “Fue luego colocado en un segundo plano por la reacción que siguió a la derrota de los obreros en París, en junio de 1848… (y) con la desaparición del escenario público del movimiento obrero, que comenzara con la Revolución de Febrero, también el Manifiesto salió de la escena política”, escribió.
Recién en 1872 el texto pareció resurgir de las cenizas del olvido. Fue cuando en marzo de ese año se realizó en Alemania el juicio por traición de los socialdemócratas Wilhelm Liebknecht, August Bebel y Adolf Hepner, en una de cuyas audiencias la acusación leyó el documento completo para fundamentar los cargos. Eso fue aprovechado por las organizaciones comunistas para publicar legalmente el texto como parte de las actas del proceso judicial.
Con la nueva oleada de luchas obreras que se produjo en las dos últimas décadas del Siglo XIX, el Manifiesto adquirió una nueva potencia y su difusión se comenzó a universalizar. “Entre la muerte de Marx (1883) y la de Engels (1895), ocurrió una doble transformación. En primer lugar, el interés por las obras de Marx y de Engels se intensificó con la afirmación del movimiento socialista internacional. En el curso de esos doce años, según B. Andreas, aparecerán no menos de 75 ediciones del Manifiesto, en 15 lenguas. Es interesante hacer notar que esas ediciones traducidas en las lenguas del Imperio Zarista eran ya más numerosas que las editadas en el original alemán (17 contra 11)”, resume Eric Hobsbawm.
Una obra universal
Entre 1871 y 1917 se publicaron cientos de ediciones en unos treinta idiomas. Entre ellas: 70 ediciones en ruso, 11 en polaco, 7 en yiddish, 6 en finés, 5 en ucraniano, 55 en alemán, 9 en húngaro, 8 en checo, 3 en croata, 1 en eslovaco, 1 en esloveno, 34 en inglés, 26 en francés, 11 en italiano, 6 en español, 1 en portugués, 7 en búlgaro, 4 en serbio, 4 en rumano, 1 en ladino, 6 en danés, 5 en sueco, 2 en noruego, 3 en japonés y 1 en chino.
La Revolución Rusa de 1917 demostró que muchos de los planteos de Marx y Engels en el Manifiesto podían materializarse. “En esta obra se traza, con claridad y brillantez geniales, una nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y de la histórica misión revolucionaria universal del proletariado como creador de una nueva sociedad, la sociedad comunista”, escribió su líder máximo, Lenin.
El Manifiesto Comunista – ese es el título con que se lo publica en la actualidad – es una de las obras más leídas de la historia y tiene versiones adaptadas en cómic, novela gráfica y manga. En 2013, fue incluido en el Programa Memoria del Mundo de la Unesco junto con el primer tomo de la obra cumbre de Karl Marx, El Capital. Y un dato más, que muestra su vigencia: en 2015 su edición de bolsillo fue el libro más vendido por la editorial Penguin Books.
[1] Daniel Cecchini es periodista. Fue director periodístico de Miradas al Sur. Se desempeñó como corresponsal en Buenos Aires de la revista española Cambio 16 y del diario El Nuevo Día.











