Residente cubana desde el balcón de un edificio de apartamentos en La Habana, junio de 2025

Norma Reyes, Bernard R. 13 –  07- 2025

El 11 de julio se cumplió un nuevo aniversario de uno de los estallidos sociales más importantes de los últimos tiempos en Cuba: el levantamiento popular de 2021. Un hecho sin precedentes, en el que el pueblo pobre se alzó para protestar contra sus miserables condiciones de vida, mientras observa cómo la burocracia gobernante vive entre lujos y privilegios.

Una visita reciente a la isla nos permitió observar de primera mano la situación crítica que viven los trabajadores y las masas cubanas, y comprender las razones que motivaron aquella justa protesta en 2021, así como otras que han tenido lugar después. Con las imágenes aún frescas en la memoria —imágenes que nos golpearon profundamente— emprendimos el ejercicio de analizar qué ocurrió en este país que, gracias a la revolución de 1959, había alcanzado logros indiscutibles: una de las esperanzas de vida más altas del continente (79,4 años), un promedio de escolaridad de 10,2 años, el fin del analfabetismo y estándares educativos y sanitarios que lo ubicaban entre las 25 naciones con mejores indicadores del mundo hasta hace apenas unas décadas.

Lo vivido durante el viaje, las conversaciones con trabajadores y habitantes de la isla, el valioso intercambio con Alina Bárbara López, una respetada profesora del país, en la ciudad de Matanzas y el debate político con compañeros de nuestra organización, con las herramientas que el marxismo revolucionario nos ha brindado a lo largo de los años, nos llevaron a escribir estas reflexiones. Lo hacemos con el firme propósito de aportar una explicación de fondo y una posible salida a la grave situación que hoy atraviesan los trabajadores y el pueblo cubano. [Puede ver: Entrevista a Alina Bárbara López, Dra. en Ciencias filosóficas, profesora e historiadora cubana”].

11J de 2021: ¡cuando el pueblo pobre dijo basta!

Las protestas de 2021 se iniciaron en la ciudad de San Antonio de los Baños, en el suroeste de La Habana y se extendieron por todo el país. Getty Images.

La desesperación acumulada tras años de retroceso en las condiciones de vida y trabajo llevó, el 11 de julio de 2021, a que miles de cubanos vencieran el miedo y salieran a las calles en todo el país bajo la consigna de “corriente, comida, libertad”. Protestaban contra la escasez de alimentos y medicinas, el alza de los precios, los cortes constantes de electricidad y muchas otras carencias. Todo esto, producto de la política burocrática del gobierno, que nunca ha tenido en cuenta la opinión de los trabajadores para la toma de decisiones importantes en la conducción de la isla.

Los cubanos también protestaron contra la falta de libertad de expresión, organización y movilización, en un país con un régimen de partido único y profundamente autoritario, que siempre ha negado las más mínimas libertades democráticas, ha instaurado el delito de opinión y todo intento de crítica u oposición ha sido perseguido y reprimido. Como era de esperarse, la respuesta del gobierno fue brutal: una feroz represión contra los manifestantes, muchos de los cuales aún permanecen en prisión.

“Según cálculos de diferentes ONGs, en los días de protestas participaron aproximadamente más de 100,000 personas. De acuerdo al tercer informe anual «Otro año sin justicia», correspondiente a 2024, la ONG Justicia 11J dio a conocer que 1,586 personas (aproximadamente un 1,5-2% de los manifestantes) fueron detenidas, de las cuales 554 (el 35%), continuaban en prisión en noviembre de 2024, fecha en que se dio a conocer el reporte. Como coreaban los manifestantes a voz en cuello: «Cuba no cabe en 100 y Aldabó». Ni en Villa Marista, ni en el Combinado de Guantánamo”.[1]

La protesta del 11J fue la expresión en Cuba de una oleada global de descontento que había comenzado en Estados Unidos en 2020 con el asesinato del afrodescendiente George Floyd a manos de un policía. También tuvo su correlato con los estallidos sociales en Ecuador, Chile y Colombia entre 2019 y 2021. Se trató de luchas hermanadas por una misma raíz: el rechazo a la miseria, la desigualdad, los bajos salarios, el desempleo y la violencia estatal, todo ello agravado por el desastroso manejo que dieron los gobiernos a la pandemia del COVID-19.

El común denominador de todas estas protestas deja ver que ni en las grandes potencias como EE.UU., ni en los países de A. Latina con su aparente democracia, sus gobiernos defensores acérrimos del capitalismo, han logrado resolver necesidades básicas a su población, pues siguen sometidos a los intereses de las grandes potencias.

Lo más doloroso es que en Cuba, un país que se autodefine como “socialista”, las condiciones de vida del pueblo hayan retrocedido tanto que hoy se asemejan a las de las masas empobrecidas de los países capitalistas más débiles. Esa realidad está en la base del estallido social del 11J y de las movilizaciones que le siguieron. Como señala un análisis reciente:

“La sociedad cubana se encuentra en plena ebullición, con una gran cantidad de conflictos emergentes que cada vez se expresan de forma más abierta y organizada. Desde las madres okupa hasta la masonería, la gente no se resigna a aceptar la injusticia como un hecho consumado y, más aún, se lanza por todos los medios a su alcance a la tarea de procurar remedios para las situaciones que la aquejan”.[2]

A cuatro años del 11J, la realidad de los pobres en Cuba, lejos de mejorar empeora

Fachada en ruinas de una casa de habitación en La Habana vieja, en junio de 2025

Nuestra visita tuvo lugar en junio de 2025. Fue una estancia breve, durante la cual recorrimos La Habana, Varadero —dos de los destinos turísticos por excelencia— y Matanzas. Al regresar, compartimos nuestra experiencia con compañeros que habían estado en la isla poco antes de la pandemia del COVID-19. Las diferencias entre lo que ellos vivieron y lo que nosotros vimos, fueron muy notorias.

En nuestra narración hacíamos referencia a lo que pudimos observar en las calles de La Habana, especialmente en la Habana Vieja. Allí, es común ver edificios coloniales en ruinas, habitados por varias generaciones de una misma familia, en condiciones de marcado hacinamiento y miseria. Muchas personas vestían con ropa visiblemente desgastada; el uso de sandalias plásticas era generalizado ante la falta de calzado adecuado. Los basureros estaban desbordados, las calles mostraban tuberías rotas, y en varios puntos se veía a gente hurgando entre los desechos.

La mendicidad de los ancianos era evidente. Algunos conservaban una apariencia limpia y cuidada, mientras otros, algo más descuidados, esperaban fuera de los restaurantes en busca de algo de comida. En distintos lugares turísticos, fuimos abordados por mujeres jóvenes con niños en brazos, pidiéndonos ropa, medicinas, dinero, y muchas veces cerraban sus súplicas diciendo: “por favor regálame lo que sea”.

Los apagones eran frecuentes y, en ocasiones, se extendían durante casi todo el día, con excepción de los hoteles y algunos hospitales. Entre los habitantes se repetía una frase con resignación y rabia: “Nos la quitan a nosotros para dársela a ellos”, en referencia a que en los hoteles lujosos el fluido eléctrico no era suspendido. [También le puede interesar: Dossier sobre Cuba: huracanes e histórico apagón agudizan su grave crisis”].

Durante una caminata nocturna por una calle de La Habana Vieja, fuimos testigos de escenas impactantes: turistas extranjeros negociaban abiertamente servicios sexuales y drogas con los locales. Esa postal, cruda y directa, es algo que nos marcó durante nuestro viaje.

Mientras la población sufre múltiples carencias, la oferta para el turista es abundante y se adapta a todos los presupuestos. Por ejemplo, en los numerosos restaurantes ubicados en la zona donde nos alojamos, los precios de los desayunos oscilaban entre 1.500 y 2.300 pesos cubanos (entre 4 y 6 dólares), mientras que los almuerzos iban de 2.500 a 3.500 pesos (entre 7 a 9,5 dólares).

Comparando estos valores para el turista con los precios de productos básicos para la población, la desigualdad salta a la vista. Un cartón de huevos costaba 3.500 pesos en La Habana y 3.000 en Matanzas (aprox. 9,25 dólares y 8 dólares respectivamente). Un litro de leche se encontraba entre 200 y 300 pesos (alrededor de 0,90 dólares); una libra de carne de cerdo, 900 (alrededor de 2,50 dólares); y una libra de arroz, 300 pesos. Al indagar por los salarios promedio, encontramos cifras reveladoras: un pensionado recibe una jubilación de apenas 1.500 pesos cubanos (alrededor de 4 dólares), mientras un jubilado de las Fuerzas Armadas puede alcanzar los 8.000 (alrededor de 22 dólares). Un médico gana cerca de 7.000 pesos, un docente 5.000 (alrededor de 13 dólares), y un mesero en un hotel de Varadero reportó ingresos de 3.000, mejorado un poco con algunas propinas.

No es necesario comparar los precios con los de nuestros países sino hacer una rápida comparación entre los precios de productos esenciales y los ingresos de los trabajadores allí, para constatar que su salario no alcanza para una canasta básica, debido a la inflación (cerca del 17%), que ha sido la norma por la economía dolarizada luego de la pandemia. Esto profundiza la crisis que atraviesan grandes capas de la población, en especial los adultos mayores, que representan el 25 % de los habitantes de la isla. No es casual entonces la creciente presencia de ancianos en situación de mendicidad e indigencia.

Los logros en salud y nutrición alcanzados en los primeros años de la Revolución han comenzado a perderse. Aunque el gobierno entrega a cada ciudadano una libreta de abastecimiento para acceder a productos subsidiados en las bodegas estatales —como 5 libras de arroz, 4 de azúcar, ½ kg de fríjol, 4 onzas de café mezclado con harina de arveja y 1 libra de pollo (la carne de res o cerdo rara vez se incluye)—, estas raciones no cubren ni de lejos las necesidades básicas de subsistencia. Además, su disponibilidad no está garantizada. Años atrás, los niños hasta los 13 años recibían un litro de leche diario; luego se recortó sólo para los niños hasta los 7 años y hoy sólo se garantiza para menores de un año. Estas restricciones tienen consecuencias directas sobre los niveles de desnutrición y salud de la población.

Los datos mencionados los recogimos tanto en conversaciones directas con cubanos como en nuestra entrevista con la profesora Alina Bárbara López, de la ciudad de Matanzas y los pudimos corroborar con observar la cotidianidad en las calles. El diálogo con la profesora nos permitió conocer que las estadísticas sociales están prácticamente ausentes y en el mejor de los casos se encuentran ampliamente atrasados en las fuentes oficiales. Los académicos de las ciencias sociales carecen de recursos para realizar estudios nacionales y deben limitarse a pequeñas muestras locales que resultan poco representativas. Además, sus investigaciones son vigiladas por el régimen, siempre alerta a censurar cualquier cuestionamiento que ponga en duda su dirección política.

Antes de continuar, es importante subrayar que, en los países capitalistas —particularmente en América Latina—, el desempleo, el hambre, la pobreza y la degradación social han sido constantes históricas, naturalizadas con el paso del tiempo, aunque se trate de realidades inaceptables que afectan a millones. Sin embargo, como veremos más adelante, Cuba no siempre compartió esa realidad. A partir del triunfo revolucionario de 1959, el país logró avances notables que permitieron superar muchas de esas condiciones.

Lamentablemente, esas conquistas materiales han sido desmontadas progresivamente, especialmente tras la caída del Muro de Berlín en 1989 —que significó la desintegración del bloque socialista—, y se han profundizado con la crisis desatada por la pandemia del COVID-19.

Este contexto —como ya lo hemos señalado— está en la base de las protestas del pueblo pobre, que incluso antes del estallido de 2021, ya manifestaban expresiones de descontento frente a la degradación, la deshumanización y la injusticia impuestas por el régimen.

¿Por qué sucede esto?

Como hemos señalado, es habitual que en los países capitalistas existan flagelos como el hambre, la pobreza, el desempleo y la exclusión. Se trata de un sistema en descomposición, donde lo que prima es la ganancia de una minoría rica a costa del sufrimiento de las mayorías.

Pero Cuba es, o fue, un país distinto. Allí, las masas trabajadoras, dirigidas por el castrismo, hicieron una revolución en 1959 que representó un salto enorme en las condiciones de vida del pueblo. La eliminación de la propiedad privada sobre las grandes empresas nacionales y extranjeras permitió garantizar empleo, alimentos, salud y educación gratuitas y de calidad. Se erradicaron lacras propias del capitalismo como la prostitución y la delincuencia. Además, se lograron importantes avances en áreas como el deporte, las artes y la medicina.

La isla se convirtió en el primer Estado obrero de América Latina, y con ello se abrió la posibilidad de avanzar hacia el socialismo: un sistema económico y social sin clases sociales. Donde se planifica la producción para satisfacer las necesidades del conjunto de la población. Un sistema sin propiedad privada, con la solidaridad como principio y base de la igualdad. Con un régimen político de democracia obrera, que garantice la participación efectiva de los trabajadores en las decisiones importantes. Con derechos para que los trabajadores organicen partidos y sindicatos independientes del Estado y la libertad plena para la creación cultural. Sin embargo, eso no fue lo que sucedió en Cuba después de la revolución. [También le puede interesar: Cuba 63 aniversario: La encrucijada entre revolución o restauración”.)

En la década del 60 del siglo XX y ante la política de EE.UU., el gobierno cubano nacionalizó una serie de empresas norteamericanas. La respuesta fue un criminal bloqueo económico que aún se mantiene. Este bloqueo sin duda ha sido un factor clave en el deterioro de las condiciones de vida del pueblo. Situación que ha servido como herramienta propagandística del imperialismo y los sectores contrarrevolucionarios para denostar del socialismo. Sin embargo, el bloqueo no es la única explicación —ni la más profunda— de los problemas que comenzaron a aquejar a Cuba desde entonces y que se han agudizado con el tiempo.

La otra parte de la explicación radica en el rumbo que tomó la dirección del castrismo. En lugar de responder al bloqueo con una política verdaderamente revolucionaria —que profundizara las medidas anticapitalistas y extendiera la revolución a otros países como Nicaragua o El Salvador (recordemos la frase de Fidel: “Nicaragua no será otra Cuba” que significó la renuncia expresa a esa politica)—, los Castro adoptaron la utópica política estalinista de que era posible construir el “socialismo en un solo país”. Es decir, renunciaron a la expansión internacional del proceso revolucionario. Apostaron por la coexistencia pacífica con el imperialismo, y asumieron una conducción burocrática de la economía y la sociedad. Las decisiones y Planes económicos se tomaban desde arriba. Sin la participación decisoria y real de la clase trabajadora. Ésta y sus organizaciones fueron excluidas de la elaboración, aplicación y evaluación de los planes económicos. Todo lo resolvía burocráticamente el castrismo, el Partido Comunista y su aparato estatal. Conducción burocrática que además desde el inicio eliminó las libertades democráticas, de libertad de expresión, reunión, y organización, movilización e instauró un régimen de partido único, la existencia de organizaciones sindicales controladas por el aparato del partido y el régimen, etc., en contravía de un régimen de democracia obrera.

Esta conducción burocrática, autoritaria y excluyente condujo a Cuba a sucesivas crisis económicas que deterioraron progresivamente las conquistas de los primeros años de la revolución. El bloqueo de EE.UU. no es la causa fundamental y única de la crisis económica de Cuba, porque es una política normal del imperialismo imponer sanciones para ahogar el proceso revolucionario. Si nos atenemos a esa única explicación, toda revolución estaría destinada a fracasar.

¿Qué hubiera sucedido si el Castrismo hubiera ayudado a la conformación de una federación de países socialistas -gobernados por los trabajadores- en Centroamérica y A. Latina, aprovechando el impulso de la revolución en Cuba? Se hubiera podido enfrentar el bloqueo imperialista y avanzar a una planificación de la economía donde la riqueza producida socialmente, fuera distribuida también socialmente de manera equitativa entre todos los trabajadores y la población. 

Como hemos planteado, el bloqueo imperialista, la conducción burocrática del Estado, la negativa a expandir la revolución fuera de Cuba y la política de coexistencia pacífica con el imperialismo son los factores que produjeron el aislamiento de la isla y las crisis económicas repetidas que la han golpeado. Esta situación de Cuba se agravó tras la destrucción de la Unión Soviética en los años 90 por medio de la restauración capitalista, que la profundizó aún más con la pandemia del COVID-19 y la dolarización de la economía.

La consecuencia lógica de esta combinación de factores fue la aceleración en la aplicación de medidas orientadas a la restauración del capitalismo: desmantelamiento de la industria nacional y reorientación de la economía hacia los servicios, sobre todo el turismo. Con la entrada de grandes consorcios turísticos europeos. Mientras el monopolio y control totalitario de numerosos negocios está en manos del conglomerado empresarial GAESA, manejado por los militares. Así la burocracia gobernante consolidó su poder económico, siguió enriqueciéndose mientras el pueblo se empobrecía. Esta restauración capitalista acelerada ha dado un nuevo salto y es la causa directa de la profunda crisis social que afecta a la mayoría de los cubanos.

Con el endurecimiento del bloqueo, tras la llegada de Donald Trump al poder en enero de 2025, la situación para el pueblo pobre se ha vuelto aún más asfixiante. Ante esto, la burocracia cubana ha fortalecido sus vínculos con imperialismos emergentes como China y Rusia. No para defender al país o su población y menos a la revolución, sino para mantenerse en el poder y continuar su proceso de acumulación capitalista. Están recorriendo el mismo camino que transitaron las burocracias soviética y china, cuando restauraron el capitalismo en sus respectivos países. La participación por primera vez de Díaz-Canel en la cumbre de los BRICS, en calidad de país asociado, el pasado mes de julio, es una señal clara en ese sentido.

Ante la precaria situación que vive, el pueblo cubano se ha levantado en protestas generalizadas en distintos momentos. El hecho más significativo en la historia reciente fue, sin duda, el estallido del 11 de julio de 2021, que demostró que el germen del descontento y la movilización ya está instalado. Y es precisamente ese germen el que más teme la burocracia gobernante. Fiel a la lógica estalinista, se apoya en un régimen de partido único, que niega las libertades democráticas más básicas y reprime cualquier intento de crítica u oposición, para sostenerse y defender su condición de vida privilegiada.

Por eso, para este cuarto aniversario del 11J, el gobierno ordenó la reclusión domiciliaria de varios de los manifestantes que, si bien no estaban bajo ningún proceso judicial, habían demostrado algún nivel de liderazgo social. Esta decisión constituye una flagrante violación de sus libertades democráticas y evidencia el temor del régimen ante una posible reactivación de la protesta popular.

¿Al pueblo cubano sólo le queda seguir soportando la degradación social a la cual la está llevando la burocracia dirigente y la presión del imperialismo?

Hoy, el porvenir de Cuba se debate entre dos alternativas:

La primera es la reanudación de la movilización decidida e independiente de la juventud, los trabajadores y las masas -una dinámica que ha venido gestándose, al menos, desde el 11J de 2021- que la clase obrera conquiste el poder y lo ejerza con organizaciones verdaderamente democráticas, revierta totalmente el avance de la restauración capitalista, derrote el criminal bloqueo de EEUU, tome directamente la gestión de la economía y se proponga de nuevo la tarea de expropiar las empresas capitalistas europeas y de otras potencias, para lograr un auténtico socialismo con democracia obrera, contrario a lo que existe hoy en la isla.

La segunda es el triunfo total del proceso restauracionista del capitalismo. Lo cual significará entregar a empresas privadas con ánimo de lucro derechos básicos como la salud, la educación, los servicios públicos; en consecuencia, más hambre, miseria, explotación, prostitución, delincuencia, etc. En síntesis, más degradación y barbarie para la mayoría del pueblo pobre y los trabajadores. Esto constituirá un enorme triunfo para EE.UU. y demás imperialismos. Y una gigantesca derrota para la lucha de los trabajadores cubanos, del continente y del mundo.

El pulso entre revolución y contrarrevolución está planteado en Cuba hoy día. Por un lado, el imperialismo y las medidas pro capitalistas de la burocracia gobernante. Por el otro, la lucha del pueblo cubano que ya demostró al régimen que no le teme. Las respuestas populares, como la del 11J y otras más recientes, marcan el camino.

Dadas las características del régimen represor cubano, que históricamente ha aplastado a los sectores opositores, se requiere que aquellos que objetivamente y subjetivamente se oponen al régimen totalitario y la completa falta de libertades, se movilicen en exigencia de amplias libertades democráticas cuyo punto central es la lucha por la liberación inmediata de los luchadores políticos presos. Que discutan la necesidad de una forma organizativa independiente de la burocracia castrista y del imperialismo, que permita liderar la lucha de la población por derrocar la casta gobernante, conquistar un régimen democrático y la toma del poder. Que empujen contra la restauración capitalista poniendo su norte en conquistar el socialismo con democracia obrera.

La historia ha demostrado el fracaso total de la política estalinista de “socialismo” en un solo país, cobrando un alto costo: la restauración del capitalismo donde las masas habían alcanzado importantes conquistas sociales, las ha destruido. Desafortunadamente los gobiernos de “izquierda” de América Latina, aún hoy ocultan lo que pasa en Cuba y defienden todos, esa nefasta política. Se colocan del lado no del pueblo cubano, sino de su gobierno totalitario. No hay esperanza allí. 

Evitar que la burocracia finalice la tarea en la que hoy está empeñada depende no sólo de las masas, la juventud y los trabajadores cubanos, sino de la solidaridad y movilización revolucionaria de los pueblos hermanos de Panamá y Centro América, del resto de América Latina y el mundo. Retomar el camino de lucha por una sociedad igualitaria y sin burócratas ni explotadores: una sociedad socialista con democracia obrera para Cuba y a nivel mundial.

¡El socialismo será internacional y con democracia obrera o no será!

 


 [1] https://www.cubaxcuba.com/blog/rebelion-cvica-nacional-11-julio-antes-durante-ahora?fbclid=IwY2xjawLf6NlleHRuA2FlbQIxMQABHiuYfKtnbHn6GlqmbxuR9VQ4XFRHyjdfsfENa_2N8d0xO4CUehhgK1bfoI4N_aem_8VSkQDzVWZEOy1jWmZePrw&sfnsn=scwspwa

[2] Idem.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí