
Hugo Sánchez. 31- 08 – 2025
La condena en primera instancia del 28 de julio del año en curso, al ex presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez, a doce años de prisión domiciliaria por manipulación de testigos y fraude procesal constituye un hecho político muy importante. La sentencia lo responsabiliza de haber recurrido al engaño, ordenando a terceros dirigirse a personas encarceladas para que declararan a su favor, con el propósito de obstruir el curso de la justicia. Paradójicamente, se lo condena por los crímenes “menores” de su historial, en contraste con los innumerables delitos vinculados al paramilitarismo y atropellos a las libertades democráticas y derechos laborales cometidos durante sus ocho años de gobierno y la complicidad con los cuatro años de Iván Duque, cuando se perpetraron asesinatos, violaciones y encarcelamientos para sofocar el estallido social de 2021, hechos todos que siguen sumidos en la impunidad más vergonzosa.
En efecto, se trata de un acontecimiento político significativo, así sea en “las alturas”. Bien lo señaló un articulista en la prensa “en un país que se suele preciar por su apego a los formalismos legales… ha sido muy significativo el impacto político y mediático de la decisión que reveló la jueza Sandra Heredia”[1]. No obstante, si bien es positivo que la justicia burguesa haya condenado a Uribe, lo negativo es que se trata de un proceso “por arriba”, sin conexión directa, al menos en el momento, con las luchas democráticas o populares.
Una satisfacción limitada
Pese a las limitaciones del fallo, es comprensible el sentimiento de alegría que embarga a jóvenes, académicos y trabajadores de clase media. Muchos celebran con júbilo, entre ellos el gobierno del Pacto Histórico y el senador Iván Cepeda y sus seguidores, quienes lo hacen desde una posición completamente reverente y de exagerada magnificación hacia las instituciones judiciales de la retaceada democracia burguesa bajo la cual vivimos. Desde nuestra perspectiva, reconocemos y comprendemos ese entusiasmo de sectores de la población, pero también es preciso advertir que se trata de un logro muy limitado, que no surge de como resultado directo de la lucha y movilización democrática, ni de la acción colectiva y contundente de los trabajadores y las masas populares.

A nuestra manera de ver, la explicación de este júbilo radica en dos factores. Por un lado, el contexto político actual de reflujo y desmovilización, marcado por la casi total ausencia de protestas y luchas populares, lo que muestra un contexto de estabilidad burguesa. En este marco, el proceso judicial contra Uribe no fue resultado, en lo inmediato, de una lucha democrática de masas, sino de un largo recorrido de siete años de alegatos y maniobras, incluidas las intentonas del expresidente de presentarse como víctima de persecución política en instancias judiciales “en un país que se suele preciar por su apego a los formalismos legales”[2]. Por otro lado, la situación económica de las capas medias en Colombia, dista de ser tan desesperada o angustiante como la que atraviesan sectores equivalentes en Argentina o Venezuela, contribuyendo así a mantener vivas muchas ilusiones en los mecanismos institucionales burgueses.
Esa es la explicación estructural de la existencia de fuertes ilusiones en los mecanismos de la democracia burguesa del país. Ilusiones de sectores de la población que aspiran a lograr cambios por vías parlamentarias y votando. En demérito de las huelgas, paros o acciones de lucha de masas directa. Ilusiones que, además, han sido inculcadas y reforzadas por años, por la casi totalidad de los dirigentes sindicales y de la “izquierda” institucional, Colectivos, ONGs y guerrillas. Ello, como consecuencia de la política reformista que impulsan todos. El resultado es la aceptación pasiva de una democracia retaceada y de un país dependiente y sometido a las potencias, donde pequeños triunfos reformistas y democráticos tienden a confundirse con tremendas conquistas populares.
La injerencia imperialista
En este escenario, resulta totalmente repudiable la intervención del gobierno imperialista de Estados Unidos, que a través de pronunciamientos como el de Marco Rubio, quien aprovechó la coyuntura para emitir juicios sobre la condena, en violación a la soberanía nacional. Algo que no merece sino el rechazo generalizado. Además, este hecho puso de relieve, una vez más, la posición pro-imperialista de la extrema derecha uribista y la derecha burguesa tradicional, que no vacilaron en plegarse a las directrices extranjeras y los pronunciamientos hechos por el gobierno norteamericano. Posición que, por demás, desafortunadamente comparten muchos sectores en el país.

Pese a todo, debe subrayarse que la condena a Uribe no supone ningún avance real en el terreno de las libertades democráticas para los trabajadores y la población. Mucho menos en materia laboral o social. Se trata de un resultado estrictamente jurídico, limitado al ámbito de la justicia burguesa. Las máximas proclamadas por la jueza Heredia como “El derecho no se arrodilla ante el poder” y “nadie está por encima de la ley”, se tornan vacías cuando se constata que los crímenes de Estado, las masacres y los asesinatos masivos siguen en la impunidad, con responsables que, como Uribe, respecto a ello continúan ilesos. Esa es la norma en el capitalismo en nuestro país, con una democracia completamente recortada y profundos rasgos autoritarios y represivos de vieja data, garante de un sistema decadente y desigual que nos gobierna y amenaza con degradar aún más al pueblo trabajador y las masas empobrecidas. Y de eso, sí que sabe el imperialismo norteamericano como principal responsable de los males que nos aquejan, resultado de la dominación legendaria del país a sus dictados, razón por la que metió sus narices en este tema y en cuanta parte del mundo, le sirve a sus intereses, como muestra hoy con su agresivo asedio militar contra Venezuela.
El verdadero golpe: el estallido social
Quienes presentan este fallo como “histórico”, un “evento sin antecedentes” en el país y lo magnifican con muchos adjetivos más, se refieren a Uribe, y al uribismo, como si se tratara del mismo personaje que hizo y deshizo durante todo su mandato. Convenientemente ‘olvidan’ que una cosa es Alvaro Uribe, Duque y su partido de extrema derecha antes del estallido social, hoy y otra cosa es el peso político de éstos personajes después del estallido social del 2021. [Le puede interesar: 28 de abril de 2021, el estallido social que estremeció a Colombia]

Muchos cantan victoria y evitan mencionar que ese hito histórico de lucha juvenil y popular del estallido, dejó en la lona no solo al gobierno Duque, sino a su mentor Uribe y a su partido. Y no sólo a ellos, sino a los demás partidos y figurones del establecimiento burgués. Por tanto, magnificar la condena actual es desconocer que la derrota política del uribismo ya se había consumado a manos de las masas en las calles, con el 28 A. Una prueba irrefutable de lo anterior, es que esa realidad les impidió a todos esos partidos tener siquiera un candidato presidencial de sus entrañas. Debido a ello, se vieron obligados a colocarse detrás de un patán y bufón como Rodolfo Hernández, para tratar de atajar, sin éxito, a Petro en las elecciones pasadas. Esa es la imagen más clara de que la derrota a Uribe y sus partidarios la lograron las masas con la lucha masiva del estallido social en el 2021.
Lo que hoy vemos son apenas los escombros de aquella hegemonía de los partidos tradicionales y el uribismo, que viene recomponiéndose parcialmente con la complicidad del gobierno de Gustavo Petro, quien, en la larga noche del uribismo, le tendió la mano y un puente, bajo el pretexto de la reconciliación y nombró a personajes ligados al paramilitarismo como Mancuso o uribistas pura sangre como Lafaurie en posiciones mando de su gobierno.
La ‘condena’ en un ambiente electoral
La noticia de esta condena al expresidente, es una variable más que todos los aspirantes a las elecciones de 2026, tanto de derecha y extrema derecha como de “izquierda”, empiezan a aprovechar para hacerse a la mayor cantidad de votos posible.
Para la extrema derecha y la derecha burguesa tradicional, la noticia les aporta n nuevo mártir, un “perseguido político” que es condenado mientras, en su decir, antiguos guerrilleros están libres en el congreso sin pagar uno solo de los crímenes y muertos dejados en su actividad delictiva. Este “relato” para nada despreciable, puede calar muy bien en amplios sectores para lograr una buena cantidad de votos. Como dice una articulista “No debemos olvidar que no existen los muertos políticos y que toda situación por adversa que sea se puede revertir”[3]. Más, sabiendo que las marchas de apoyo a Álvaro Uribe, contaron con una participación nutrida en varias ciudades, abriendo la pregunta de si el uribismo no está tan muerto como piensan algunos, y ello, en gran medida, gracias al puente tendido por la política de colaboración con esa corriente reaccionaria y, en general, de conciliación de clases, del actual gobierno.
No sorprende entonces escuchar el tono político de los discursos de la esposa y padre del precandidato presidencial asesinado Miguel Uribe, como los trinos de uno y otro lado, aprovechando su muerte y la condena al jefe del uribismo, para ubicarse de tal forma que logren la mayor cantidad de adeptos y así garantizar la victoria en los comicios que se avecinan.
Por supuesto que no compartimos el atentado ni su muerte, pues es algo completamente ajeno a los intereses de los asalariados, producto de la degradación de las disputas entre los poderosos. Pero, hay que decirlo, estamos ante un vocero muy claro del sector de más extrema derecha de la burguesía del país y un claro agente de negocios e intereses de los EEUU. Eso era lo que el candidato Uribe Turbay representaba y lo que defiende su partido. Nosotros no celebramos su muerte, pero sabemos que con ella tampoco ganan nada los trabajadores y pobres, más bien pierden. Y a esas fuerzas de la reacción política pro EEUU, el que haya muerto les da un “mártir” para lo que realmente les importa: la campaña electoral.
Por su parte, el otro sector, el que está en el gobierno, entra en el juego de sí, en un país de tantas muertes y masacres hechas por el régimen, sumado a las de la violencia estéril de las guerrillas, hay que llorarlo o no. El qué se dice y cómo se dice, se vuelve factor clave para las respectivas campañas electorales. Más en un contexto como el actual donde, como lo menciona un articulista “hoy cada quien cree –y es cierto, eso es lo grave– tener su propio público, su propia cauda a la que se debe. Por eso la primera pulsión es pronunciarse, hacerse fuerte ante esos hinchas que están ahí aupando y que a su vez son también caudillos de su propio delirio[4]. Lo que digan y cómo lo digan, tanto el sector del gobierno como los de oposición a éste desde la extrema derecha y la derecha burguesa tradicional, no tiene otro objetivo más que ganar espacio y votos para sus proyectos en las elecciones, todos, en últimas, respetuosos de las normas y reglas del establecimiento, es decir del “statu quo”.
Si bien son sectores diferentes, los intereses y necesidades de los trabajadores y las grandes mayorías empobrecidas no son su preocupación, pues ninguno de los dos bandos representa los intereses de los trabajadores asalariados y los pobres, así hagan discursos en nombre de ellos.
La tragedia de la clase trabajadora y su salida
Lastimosamente, el contexto de la inconformidad popular y la gran victoria de las masas populares en el estallido en 2021 fue deliberadamente apaciguada, enfriada y canalizada hacia la vía electoral, mediante un proyecto que se presentó como alternativo y de cambio, bajo el argumento que la mejor salida era hacerlo en “Pacto” con políticos tradicionales y figuras del establecimiento (Benedetti, Roy Barreras, Samper, Santos, etc.). Como lúcidamente lo expresó Aníbal Gaviria, “Petro era el que podía lograr una explosión controlada”, es decir apaciguar el malestar con el establecimiento para recomponerlo y alejar el peligro. [También puede ver: ¿De las calles a las urnas?: lecciones 28 A en Colombia]
Así, se impidió que la ruptura con el uribismo y con todos los políticos tradicionales y el desborde logrado producto de la lucha de clases directa, no avanzara al terreno político ni diera lugar a la construcción de propuesta política y electoral propia e independiente de la clase trabajadora. La tragedia actual es que amplios sectores de los trabajadores aún no perciben la necesidad de construir un partido político propio de los trabajadores, totalmente independiente de los partidos de extrema y derecha, así como del sector de “izquierda” de la burguesía y de la clase media. Un partido propio que pueda ser alternativa a sus aliados de los sectores populares y campesinos pobres.
La tragedia es que a pesar de que con la lucha enfrenta en el terreno económico a los patronos y a los voceros de estos en el gobierno y el parlamento, allegar al terreno político, deposita su confianza en los partidos y políticos profesionales de los patronos, los de esa clase burguesa. Los asalariados siguen sin ver y no ven que pueden tener una opción política propia, un partido político de los trabajadores. Siguen tras un bando político burgués de “derecha” o “izquierda”, sin reparar que ambos representan versiones diferentes pero defensoras de los intereses de la misma clase social, de los grandes y medianos empresarios. Esa clase que vive del trabajo ajeno y se lucra con la discriminación (de género, étnica o por nacionalidad), los bajos salarios, el desempleo, la carestía y demás injusticias, que permiten a los grandes empresarios, seguir dominando, mangoneando, explotando y oprimiendo a los débiles y los desheredados de la ciudad y el campo.

En este sentido, el camino de los trabajadores y jóvenes críticos no puede ser el de arrodillarse ante la jueza y la justicia burguesa y magnificar lo sucedido. Reconocer objetivamente lo que ha ocurrido implica ir más allá del triunfalismo contemplativo que inculcan sus dirigentes de la “izquierda” parlamentaria y aprovechar el momento para exigir juicio y castigo no solo a Uribe, sino a todos los responsables de las masacres, violaciones y atropellos que han atentado contra los trabajadores y las masas empobrecidas de Colombia, por medio de tribunales conformados por los familiares de las víctimas y de las organizaciones obreras.
El camino de los trabajadores empieza dejando de creer en consignas sacadas del liberalismo burgués, como “el derecho no se arrodilla ante el poder” y “nadie está por encima de la ley”. Sólo la movilización permanente y la recuperación de los métodos de lucha directa de la clase trabajadora y las masas se podrán frenar y cambiar este sistema opresor y decadente que continuamente amenaza con la barbarie y por eso se hace muy urgente detenerlo. [Puede ver: Recuperación de derechos: requiere nueva dirección sindical].
[1] https://elpais.com/america-colombia/2025-08-03/la-inedita-condena-contra-alvaro-uribe-velez-revoluciona-el-tablero-politico-de-colombia.html
[2] https://elpais.com/america-colombia/2025-08-03/la-inedita-condena-contra-alvaro-uribe-velez-revoluciona-el-tablero-politico-de-colombia.html
[3] https://elpais.com/america-colombia/2025-07-29/uribe-la-justicia-y-la-politica.html
[4] https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/la-deshumanizacion-3481172










