Alekos Hernández – Julio 26 de 2025

En el pasado mes de mayo, desde Londres hasta Moscú, se realizaron actos de celebración de ocho décadas de la derrota militar del nazismo alemán por parte de los ejércitos de los países aliados (Estados Unidos, Reino Unido y la URSS). En honra a la verdad histórica de las mujeres y hombres que con su propia vida lograron este triunfo, muchos de estos actos conmemorativos ofrecieron no sólo un relato distorsionado del pasado, sino también un reflejo brutal de sus intereses actuales. Los 80 años del triunfo de los Aliados sobre la Alemania hitleriana han sido celebrados por las burguesías occidentales como un relato limpio, sin críticas, donde el papel central lo habrían jugado exclusivamente Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. En esta narrativa cuidadosamente construida —con una intención política clara— se ha invisibilizado deliberadamente el papel crucial que tuvo la clase obrera soviética y el Ejército Rojo en la derrota del nazismo, a costa de más de 20 millones de vidas.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron (izq.), y el jefe del Estado Mayor de la Defensa AFP

La exclusión simbólica de los «soviéticos», incluso como categoría histórica, no es un simple olvido, sino una operación política e ideológica activa y consciente. Hoy, cuando el conflicto Inter imperialista entre la OTAN y Rusia a través de Ucrania se recrudece, los vencedores imperialistas reescriben la historia para que encaje con sus necesidades geopolíticas. De este modo, lo que fue una contundente victoria democrática de los trabajadores, se convierte en una epopeya moral al servicio de la legitimación del imperialismo actual.

A su vez, sectores de la izquierda reformista y estalinista también han participado en estas conmemoraciones, pero desde un lugar igualmente funcional al olvido. En lugar de rescatar la potencia revolucionaria de la clase obrera internacional que vistiendo uniforme militar y empuñando las armas logró un triunfo democrático en 1945, han optado por una glorificación acrítica del rol de la URSS, presentando a Stalin como un héroe incuestionable, y enterrando cualquier debate sobre la degeneración burocrática del Estado obrero soviético y su traición a la revolución mundial con el inicial acuerdo entre la Alemania nazi y la Unión Soviética (23 de agosto de 1939), que desembocó en la casi triunfante invasión de la URSS por las tropas Nazis y su teoría y política del “socialismo en un solo país”.

Así, desde orillas aparentemente opuestas, tanto los imperialismos occidentales como las corrientes reformistas y estalinistas trabajan para sepultar la memoria viva de la lucha de clases que atravesó la Segunda Guerra Mundial.

Es menester para nosotros como revolucionarios marxistas, recuperar una perspectiva de clase e internacionalista sobre el 80° aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Porque no se trata simplemente de una disputa por el pasado, sino por el presente y el futuro de la lucha contra la barbarie capitalista expresada en el deterioro ambiental, guerras que amenazan con una hecatombe nuclear y el genocidio del pueblo palestino ante los ojos indolentes y cómplices de los gobernantes del mundo entero.

El uso y abuso del término «fascismo»: entre la confusión ideológica y la funcionalidad política

Es por eso que, en el actual escenario de polarización política global, el término «fascismo» ha vuelto al centro del debate, aunque muchas veces vaciado de su contenido histórico y teórico. Distintos sectores políticos —desde la izquierda institucional hasta las demás corrientes nombradas progresistas— recurren con frecuencia a esta categoría para referirse a cualquier forma de autoritarismo, conservadurismo o incluso antagonismo político.

Esta “inflación” del término no solo desdibuja su significado original, sino que oscurece la comprensión de los procesos políticos reales y de clase que lo generan.

Históricamente, el fascismo nacido en Italia, fue una reacción contrarrevolucionaria violenta del capital frente a la amenaza directa de la revolución proletaria. Nació como un movimiento de masas pequeñoburgués, movilizado desde abajo por sectores del gran capital para aplastar, mediante el terror, a la organización independiente de la clase trabajadora. Fue un fenómeno específico del período de entreguerras, marcado por crisis económicas, la descomposición de la democracia burguesa y las derrotas consecuencia de las traiciones de las direcciones estalinistas y reformistas de la clase obrera.

León Trotsky, fundador del Ejército Rojo veía que:

“La esencia y el papel del fascismo consiste en liquidar completamente todas las organizaciones obreras e impedir todo renacimiento de las mismas. En la sociedad capitalista desarrollada, este objetivo no puede ser alcanzado por los simples medios policiales. La única vía para conseguirlo consiste en oponer a la presión del proletariado —cuando ésta se relaja— la presión de las masas pequeñoburguesas abocadas a la desesperación. Es precisamente este sistema particular de la reacción capitalista el que ha entrado en la historia con el nombre de fascismo”.[1]

Sin embargo, hoy vemos cómo, en contextos muy distintos, se etiqueta de «fascista» cualquier expresión de derecha radical, nacionalista, o incluso conservadora. Muchas veces sin un análisis de su base social ni de su relación con el capital.

En Colombia, por ejemplo, dentro del campo del petrismo se ha abusado del término para descalificar a sectores opositores, a quienes representan a la derecha tradicional o la extrema derecha, el uribismo. Si bien estas corrientes pueden asumir posturas autoritarias, represivas o reaccionarias, no configuran un proyecto fascista en sentido estricto. El presidente Gustavo Petro no pierde ocasión para categorizar como nazista o fascista actuaciones o planteamientos de sus opositores políticos sin distingo alguno. Comparando hechos disímiles afirmó: “Lo que hicieron “los chulavitas” a mediados del siglo XX, cuando realizaron el primer genocidio político en América: el asesinato del pueblo liberal gaitanista, esa vez bajo los discursos de Franco, Mussolini y Hitler, de los cuales el partido conservador no ha pedido perdón al pueblo colombiano, era fascismo”, aseveró el jefe de Estado.

Publicación del presidente Gustavo Petro sobre el fascismo – crédito @petrogustavo/x

El petrismo, así como otras corrientes autodenominadas “progresistas” en América Latina, utilizan el término «fascismo» de manera instrumental: lo usan como una forma de aglutinar fuerzas en torno a su proyecto de conciliación de clases y presentarse como un muro de contención “democrático” ante una supuesta inminente amenaza fascista.

En realidad, este uso y abuso del concepto les sirve a varios propósitos: el primero, a neutralizar la crítica desde la izquierda: al ubicar cualquier crítica —incluso la proveniente de sectores revolucionarios o clasistas— como parte del «fascismo», el petrismo y en general los gobiernos de “izquierda” y sus seguidores, bloquean el debate político buscando silenciar la posibilidad de una alternativa independiente y de clase.

El segundo propósito es el de legitimar alianzas con sectores del capital: invocar el «antifascismo» como valor supremo, se justifica la colaboración con sectores burgueses supuestamente «democráticos», reforzando así una estrategia de pacto político y coalición electoral con los verdugos históricos del pueblo trabajador. Y finalmente, despolitiza el conflicto social: al convertir el conflicto en una lucha entre «democracia vs. fascismo», se oculta que el verdadero antagonismo es entre capital y trabajo. Y que ni el petrismo ni sus opositores de derecha, al ser voceros de diferentes vertientes de los mismos intereses de clase capitalista, representan una salida favorable a las mayorías explotadas, a los trabajadores.

Así, el uso sin rigor del término fascismo no solo genera confusión ideológica, sino que cumple una función política: impedir y sabotear el desarrollo de una conciencia de clase independiente y fortalecer la ilusión de que las instituciones del Estado burgués –parlamento, elecciones, jueces y Cortes, FFAA., etc.- pueden ser herramientas de transformación progresista. Contra esta visión, es necesario reivindicar una comprensión marxista del fascismo y de la lucha contra él: no como una defensa de la democracia liberal, dentro de una estrecha óptica nacional, como lo hacen hoy la mayoría de las corrientes que se reclaman de izquierda y progresistas, sino como parte de una estrategia revolucionaria que busque la derrota de los gobiernos y regímenes autoritarios en el curso de una lucha democrática, que tenga la perspectiva de una movilización por la toma del poder obrero y la construcción del socialismo obrero y con democracia.

La derrota militar del nazismo: contundente triunfo democrático de la clase obrera internacional

La derrota de Hitler, del nazismo alemán y europeo en mayo de 1945 marcó el cierre de la Segunda Guerra Mundial en Europa, tras seis años de uno de los conflictos más brutales de la historia moderna. El régimen de Hitler, que había ascendido al poder en 1933 con el respaldo de importantes fracciones del capital alemán, se expandió rápidamente por el continente europeo, arrasando países y exterminando millones de personas —particularmente judíos, comunistas, gitanos y disidentes políticos— en su proyecto imperialista y racista de «espacio vital». Su destrucción fue, sin duda, un acontecimiento de gran envergadura histórica y un contundente triunfo democrático de la clase obrera internacional. La derrota del régimen contrarrevolucionario nazi abrió un acenso de masas colosal a nivel mundial -en Europa y en el mundo colonial-, que impulsó el proceso de descolonización y logró conquistas fundamentales como las conquistas laborales y la seguridad social de los trabajadores después del fin de la II Guerra Mundial. De no haber sido derrotado el nazismo, otra sería la historia de la clase obrera y los pueblos del mundo. Por ello, guardadas diferencias, derrotar el nazi sionismo israelí hoy, es una tarea de primer orden.

Todos conocemos por la historiografía académica que los protagonistas de la derrota militar del nazismo fueron los Aliados (por un lado, las potencias imperialistas occidentales encabezadas por Estados Unidos y el Reino Unido, y por otro, la Unión Soviética). Lo que poco se menciona -y esto lo constatamos hoy en las distintas conmemoraciones de los 80 años de la derrota nazi- es el papel fundamental que tuvo la clase obrera soviética cuya población y ejército soportaron el grueso del esfuerzo bélico en el continente europeo. De hecho, fue el Ejército Rojo quien infligió las derrotas más decisivas al nazismo en el frente oriental, como la batalla de Stalingrado (1942-43) y la ofensiva final sobre Berlín en 1945. Estas victorias costaron al pueblo soviético más de 20 millones de muertos, en una muestra heroica de resistencia obrera y popular.

La entrada en guerra de EE. UU. y el Reino Unido no respondió a una supuesta defensa altruista de la democracia frente al totalitarismo, sino a sus propios intereses imperialistas. Solo cuando el avance nazi amenazó el equilibrio global del capital y el control de los mercados —y cuando la posibilidad de una expansión revolucionaria comunista crecía en Europa— fue que las potencias occidentales decidieron intervenir con fuerza.

En otras palabras, la guerra no fue simplemente una cruzada por la libertad como se pregona, sino un conflicto entre bloques imperialistas por influencia y dominio –como la Primera Guerra- y simultáneamente un ataque profundamente contrarrevolucionario por destruir la Unión Soviética partícipe desde una posición distinta y antagónica, a pesar de estar ya deformada por el régimen estalinista, en combinación con un enfrentamiento y lucha entre dos regímenes políticos de opresión y explotación política, diferentes y contrapuestos.

Nazismo, fascismo y bonapartismo desde una perspectiva trotskista

Desde el marxismo revolucionario y, particularmente, el trotskismo, el análisis del fascismo no se reduce a una categoría moral o a una etiqueta para descalificar enemigos políticos. Se trata de un fenómeno político-social específico, con una base de masas pequeñoburguesas en ruina, movilizadas activamente por el gran capital para aplastar físicamente a la clase trabajadora organizada. En palabras de León Trotsky:

“El fascismo no es simplemente un sistema de represión, de violencia y de terror. El fascismo es un sistema específico del Estado, que descansa sobre la aniquilación de todos los elementos de democracia proletaria dentro de la sociedad burguesa.”
(¿Adónde va Francia?, 1934).

En este marco, el nazismo puede entenderse como una forma particular de fascismo, desarrollado en Alemania con un fuerte componente racista y una ideología de supremacía nacional y racial, pero que en su esencia cumplía el mismo papel contrarrevolucionario: destruir físicamente a las organizaciones obreras, imponer el terror estatal y garantizar la supervivencia del capital alemán en crisis.

LA LUCHA CONTRA EL FASCISMO EN ALEMANIA por León Trotsky. Editorial Pluma.

En cambio, el bonapartismo, también analizado por Trotsky, es una forma de dominación autoritaria del Estado burgués que no se apoya directamente en un movimiento de masas fascista, sino que arbitra entre clases en pugna, concentrando el poder ejecutivo y suspendiendo parcialmente las formas democráticas, sin destruir completamente las organizaciones obreras.

Es más, una expresión reaccionaria de crisis de hegemonía que de una ofensiva contrarrevolucionaria total con métodos de tierra arrasada. Gobiernos como los de De Gaulle en Francia, o incluso algunos regímenes latinoamericanos como el peronismo en ciertos momentos, han sido caracterizados como bonapartistas, con marcadas diferencias por tratarse de países metropolitanos, como en el primer caso o de países semicoloniales, como en el segundo.

No obstante, podemos esquematizar algunas similitudes y diferencias:

Similitudes y diferencias:

  • Tanto el fascismo como el bonapartismo emergen en contextos de profunda crisis del régimen burgués.
  • Ambos buscan frenar y/o aplastar la movilización independiente de la clase obrera.
  • El fascismo lo hace movilizando las masas reaccionarias, desde abajo; el bonapartismo lo hace desde arriba, a través del aparato estatal.
  • El fascismo aniquila físicamente a las organizaciones obreras; el bonapartismo reprime brutalmente, pero puede tolerarlas bajo control o subordinación.

El riesgo de la confusión teórica

Usar con ligereza el término “fascismo” para referirse a cualquier forma de autoritarismo, conservadurismo o represión estatal —como hace fundamentalmente el estalinismo y muchos sectores reformistas, progresistas— no solo banaliza la historia, sino que debilita la lucha contra la verdadera contrarrevolución que no solo tiene expresiones autoritarias, sino incluso democráticas reaccionarias, muy pérfidas. Al colocar en el mismo plano fenómenos profundamente distintos, se pierde de vista el carácter específico del fascismo como arma del capital que utiliza en momentos extremos.

Esta confusión tiene consecuencias prácticas graves para los trabajadores y los pueblos del mundo: conduce a justificar como inevitables y “progresivas” alianzas tácticas equivocadas (por ejemplo, con sectores de los capitalistas «democráticos»), impide desarrollar una política de independencia de clase. Y lo más grave oculta que la verdadera defensa frente a la barbarie a que nos conduce el capitalismo, no está en el Estado burgués ni en sus instituciones o coaliciones con sectores políticos burgueses, sino en la organización y movilización independiente de la clase trabajadora y su propio poder.

En un momento histórico donde resurgen fuerzas reaccionarias, y donde también proliferan gobiernos autoritarios que no necesariamente son fascistas, el marxismo revolucionario debe reivindicar la precisión política y conceptual. No como ejercicio académico, sino como necesidad estratégica en la lucha contra toda forma de opresión, explotación y contrarrevolución.

El mayor hecho objetivo en este momento histórico del resurgimiento de fuerzas reaccionarias en distintas latitudes y la ofensiva contrarrevolucionaria como el genocidio al pueblo palestino. El ministerio de Sanidad de Gaza dio a conocer el pasado 13 de julio la nueva cifra total de muertos en la Franja de Gaza. La escalofriante cifra llega a los 58.026, sumando los palestinos que murieron en las últimas 24 horas. Desesperados, los sobrevivientes suplican que se concrete el alto el fuego, pero la limpieza étnica y exterminio palestino no cesa. En un artículo publicado el 30 de septiembre de 2024 en este mismo portal, (link aquí) señalábamos:

¿Cómo definir estos métodos que utiliza el sionismo en Gaza, Líbano y Yemen?

Utilizar la hambruna como arma de guerra; atacar a la población inerme en sus hogares y en los hospitales; asesinar sistemáticamente al personal de la salud; destruir intencionalmente escuelas y hospitales, así como la infraestructura que suministra el agua y la energía, sumado a los bombardeos que han acabado con la vida de miles de mujeres y niños y que ha reducido a escombros todas las ciudades en Gaza, son acciones genocidas que buscan despojar a los palestinos de sus territorios y viviendas, infringirles dolor y aumentar el sufrimiento para diezmar y desmoralizar al conjunto de la población y así someter cualquier impulso que puedan tener de resistir la ocupación.

Las monstruosidades del actuar sionista son la expresión moderna del barbarismo nazi y del sistema capitalista en su etapa de descomposición imperialista, que demuestran una vez más que “donde hay capitalismo el nazismo está a la vuelta de la esquina si no es detenido por el movimiento de masas”[2].

Por las acciones de asesinato en masa, muerte por hambruna y limpieza étnica del territorio de Gaza y una horrenda barbarie, así como el respaldo de un gran mayoría de la población israelí al genocidio que lleva adelante su ejército, caracterizamos el mismo como un nuevo holocausto nazi-sionista.

Nazi, por su componente racista y su ideología de supremacía nacional (el pueblo escogido por Dios). Y sionista por el carácter del estado de Israel y la corriente política que lo ejecuta en cabeza de su primer ministro Benjamín Netanyahu, en abierta colaboración en el suministro de armas y recursos de los EE.UU. y la Unión Europea, en el marco de un silencio cómplice de las restantes potencias y casi todos los gobiernos del mundo.

Por una estrategia revolucionaria para derrotar la ofensiva autoritaria y conquistar una verdadera democracia obrera

A 80 años de la derrota militar del nazismo, la historia vuelve a ponerse en disputa. Hoy es innegable que estamos ante una nueva oleada de ataques nazis liderados por Netanyahu (Israel) y de regímenes y gobiernos autoritarios. Para ejemplo, algunos botones: Trump (EEUU), Viktor Orbán (Hungría), Giorgia Meloni (Italia), y gobiernos despóticos como el de Putin (Rusia) o los gobernantes chinos. En América Latina, Nayib Bukele (Salvador), Milei (Argentina), Noboa (Ecuador), Boluarte (Perú), y con sus marcadas diferencias, pero con rasgos autoritarios y profundamente represivos como Nicolás Maduro (Venezuela), Daniel Ortega (Nicaragua) y los estalinistas gobernantes en Cuba.

Las clases dominantes reescriben el pasado para legitimar su presente, ocultando el papel de la clase obrera en esa victoria y maquillando los intereses de los vencedores imperialistas. Al mismo tiempo, los peligros reales que hoy enfrentan los pueblos del mundo —desde el fortalecimiento de la extrema derecha hasta el endurecimiento de regímenes autoritarios— se abordan con categorías confusas o desfiguradas, para impedir a los trabajadores y jóvenes forjar una estrategia política a la altura de los desafíos actuales.

Desde una perspectiva marxista revolucionaria, es fundamental desenmascarar las expresiones actuales de fascismo, nazismo y bonapartismo como fenómenos distintos, pero todos al servicio de preservar un sistema capitalista en crisis, que ya no puede garantizar ni siquiera los derechos más elementales conquistados en el pasado por la lucha popular. La creciente militarización del Estado, la criminalización de la protesta social, los discursos de odio y exclusión, el racismo, el patriarcado institucional y el saqueo imperialista de los recursos naturales no son anomalías, sino parte integral del capitalismo en su fase decadente, imperialista.

La gente en Madrid se reúne para protestar y pedir el fin de las operaciones militares en la Franja de Gaza y la Cisjordania ocupada por Israel. REUTERS

Por eso, no basta con una defensa abstracta de la “democracia”. La democracia burguesa, cuando existió, siempre fue limitada, condicionada por las reglas del capital. Pero aun sus formas más restringidas —derechos civiles, libertades de organización, sufragio, prensa, protesta— son conquistas históricas arrancadas por las masas con lucha y sangre. Su defensa frente a toda ofensiva autoritaria debe ser tarea de primer orden para la clase trabajadora. Pero no como fin en sí mismo, sino como parte de una estrategia para ir más allá: hacia la derrota de los regímenes autoritarios y el genocidio nazi, en vía a conquistar la democracia obrera, el poder de los trabajadores autoorganizados y el control colectivo de los medios de producción, en una nueva sociedad gobernada por la clase trabajadora.

En este contexto, la tarea no es idealizar el pasado ni pactar con sectores del orden capitalista para frenar a sus alas más agresivas. Tampoco lo es entregar nuestras banderas a quienes, como el reformismo o el estalinismo, confunden la defensa de las libertades democráticas a las plegarias humanitarias y la renuncia a la lucha revolucionaria. La única salida realista es una salida de movilización de clase y de masas, internacionalista, profundamente anticapitalista.

Todos los que no aceptan resignarse a un mundo de explotación, guerra y barbarie, están llamados a organizarse políticamente para construir una alternativa revolucionaria e independiente como clase trabajadora. Para defender las conquistas democráticas frente a los ataques del capital, pero sobre todo para ir más allá: por un nuevo poder basado en la democracia de los de abajo, en el socialismo internacionalista y en la superación del capitalismo como sistema. La historia no ha terminado; la lucha de clases sigue abierta.


[1] León Trotsky. La lucha contra el fascismo.

[2] Nahuel Moreno (https://opcionmarxistainternacional.com/ataques-terroristas-de-israel-en-libano-y-genocidio-en-palestina-expresion-moderna-del-barbarismo-nazi/).

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