15 de julio de 2026

Decenas de miles, cuando no millones, de trabajadores en todo el mundo siguen con pasión el desarrollo del Mundial de Fútbol. Lo hacen con emoción, alegría y también con tristeza, como la que hoy embarga a muchos colombianos y a los aficionados de otras selecciones que han quedado eliminadas del torneo.

Desde nuestro punto de vista, el deporte, al igual que el arte y la ciencia, constituye una de las expresiones más valiosas del desarrollo de la sociedad humana. Estas actividades surgieron como resultado de la división social del trabajo y del desarrollo de las capacidades humanas, mucho antes de la aparición del Estado y de sus mecanismos de coerción. En sus orígenes, el deporte, el arte y la ciencia florecieron como manifestaciones de la creatividad y de las aptitudes de los individuos y las comunidades, favoreciendo el pleno desarrollo de las capacidades humanas y no respondiendo a intereses de explotación u opresión.

Tampoco nacieron vinculados al capitalismo. Por el contrario, alcanzaron un importante desarrollo en formaciones sociales anteriores y no estuvieron originalmente subordinados a la lógica del lucro y de la ganancia que caracteriza a las instituciones dominantes de la actual sociedad capitalista.

Como socialistas revolucionarios, consideramos que el deporte, pese a las profundas contradicciones derivadas de su inserción en una sociedad regida por la búsqueda de ganancias y por el dominio de las grandes corporaciones transnacionales, continúa siendo una actividad que expresa algunas de las potencialidades más elevadas del ser humano.

Entre las distintas disciplinas deportivas, el fútbol posee características que explican su extraordinaria popularidad. Es un deporte que se juega esencialmente con los pies y que, salvo en el caso del portero, limita el uso de las manos, a diferencia de la mayoría de las demás disciplinas. Esto supone una dificultad técnica singular, pues para el ser humano resulta mucho menos natural y más difícil controlar un balón con los pies que con las manos. Precisamente por ello, las acciones de gran calidad técnica adquieren un valor estético excepcional y despiertan una admiración universal.

Al mismo tiempo, el fútbol es probablemente uno de los deportes en los que la organización colectiva tiene un papel más decisivo. El número de jugadores, las dimensiones del terreno de juego y la complejidad técnica hacen que el funcionamiento como equipo sea determinante para alcanzar el éxito. Esta combinación entre destreza individual y trabajo colectivo explica, en buena medida, su profundo arraigo entre la clase trabajadora y los sectores populares de todo el mundo, especialmente entre los más pobres, tanto como práctica deportiva como espectáculo de masas y pasión de multitudes.

La principal contradicción del deporte en la sociedad contemporánea, y particularmente de los mundiales de fútbol, reside en que el capital financiero, dominante en la economía mundial, ha convertido esta actividad en una mercancía puesta al servicio de sus ganancias e intereses económicos y políticos. El problema no radica en el deporte en sí mismo, sino en el uso que de él hacen los gobiernos, las élites económicas y las grandes corporaciones bajo el dominio del capital financiero. De este modo, los grandes eventos deportivos se transforman en gigantescos negocios, mientras el acceso de la clase trabajadora a estos espectáculos resulta cada vez más restringido por el elevado precio de las entradas. Paralelamente, los futbolistas profesionales son convertidos en mercancías -como todo en esta sociedad- cuyo “valor” en el mercado de pases depende de las enormes ganancias que generan para los propietarios de los clubes, aunque muchos de ellos provengan de orígenes humildes y alcancen luego grandes fortunas personales.

Ese es el trasfondo de los escándalos y controversias que han marcado este Mundial y que, lejos de constituir hechos aislados, ponen de manifiesto la profunda crisis de un fútbol convertido en un gran negocio al servicio de intereses políticos y económicos. Pese a los esfuerzos de la FIFA por presentar el torneo como un espectáculo ajeno o por encima de la realidad social y política, el campeonato ha terminado reflejando las contradicciones de un orden internacional atravesado por los enfrentamientos entre las potencias, la guerra, la opresión y la subordinación del deporte a los intereses de las grandes potencias y del capital transnacional.

Por un lado, se han acumulado denuncias sobre la grosera injerencia política de Donald Trump en la FIFA, particularmente en decisiones arbitrales como la revocatoria de la expulsión del jugador estadounidense Folarin Balogun, una pequeña retribución por el “Premio de la Paz de la FIFA” entregado por ese organismo a Trump; los escandalosos arbitrajes, como el registrado en el encuentro entre Egipto y Argentina, que favorecieron abiertamente al conjunto argentino; el trato privilegiado dispensado por la FIFA a determinadas selecciones estrechamente ligadas a sus intereses políticos y comerciales; las restricciones migratorias impuestas a técnicos y miles de aficionados; el carácter excluyente del precio de las entradas; la superexplotación de los trabajadores que hacen posible el espectáculo; el enorme negocio de las apuestas “legales e ilegales” (llamado por algunos el Mundial de la ludopatía) y la creciente mercantilización de un deporte cada vez más subordinado a los negocios de las grandes trasnacionales propiedad de los magnates del capital financiero.

Por otra parte, como prueba de que el deporte no es ajeno a la realidad política, está el hecho de que el Mundial también se convirtió en una tribuna de solidaridad con el pueblo palestino. Tras la histórica clasificación de Egipto a los octavos de final, su entrenador, Hossam Hassan, dedicó públicamente el triunfo al pueblo palestino y a las víctimas de Gaza. Al concluir el encuentro en Dallas, recorrió el terreno de juego ondeando una bandera palestina entregada desde las tribunas y lanzó un contundente llamado: «Por favor, dejen vivir al pueblo palestino. Queremos justicia para que las naciones vivan en paz. Si hay una sola persona en el mundo que no sienta empatía por el pueblo palestino, entonces no es un ser humano».

A este gesto se sumó el hecho de que, durante la transmisión del partido, se informó sobre un nuevo ataque contra Gaza, recordando que, mientras millones de personas seguían el espectáculo deportivo, el pueblo palestino continuaba siendo víctima de los bombardeos y la devastación a manos del sionismo israelí. Asimismo, la persecución y la discriminación sufridas por delegaciones como la de Irán evidenciaron que ni siquiera el deporte puede aislarse de los conflictos políticos que atraviesan el mundo.

Por ello, no compartimos la ‘’sorpresa” de quienes al ver estos hechos los juzgan como “anomalías” ajenas al fútbol. En realidad, ponen al descubierto la naturaleza de organismos como la FIFA y de otras instituciones deportivas internacionales, subordinadas a los intereses económicos y políticos de las grandes potencias y del capital transnacional tras bambalinas, aunque continúen presentándose como entidades neutrales, exclusivamente deportivas y orientadas a promover la unidad entre los pueblos y el supuesto «bien de la humanidad».

Estas contradicciones, que desvirtúan el sentido del deporte en general y del Mundial de Fútbol en particular, alimentan también la confusión existente en torno a esta importante actividad humana. Por un lado, existe una enorme pasión popular por el fútbol como expresión cultural, artística y espectáculo colectivo. Por otro, una parte importante del progresismo oscila entre la indiferencia hacia esa dimensión cultural y una adaptación acrítica a la forma mercantil que hoy adopta el deporte. Al mismo tiempo, determinados sectores de la ultraizquierda mantienen una actitud sectaria y de desdén hacia el fútbol y, sobre todo, hacia quienes lo disfrutan, desconociendo el profundo arraigo que este deporte tiene entre millones de trabajadores y sectores populares.

Frente a estas posiciones, los socialistas revolucionarios reivindicamos el deporte como una conquista de la humanidad y defendemos el derecho de la clase trabajadora a disfrutarlo plenamente, libre de la mercantilización, la corrupción y la utilización política a la que hoy lo someten las grandes corporaciones, la FIFA y los gobiernos al servicio del capital financiero.

La defensa del deporte no significa cerrar los ojos ante esas contradicciones, sino luchar por una sociedad completamente diferente a esta, gobernada por la clase trabajadora, dónde deje de ser un negocio y vuelva a ser una expresión auténtica de la creatividad, la solidaridad y las capacidades colectivas de la humanidad.

Dada la vigencia y relevancia de este debate, reproducimos a continuación algunos extractos del artículo «Mundial de Fútbol: remembranzas y lecciones«. Ello no implica compartir la totalidad de las tesis expuestas por su autor, sino reconocer la seriedad, el rigor y la objetividad con que aborda un tema que habitualmente es tratado con completa superficialidad. No hemos tomado la libertad de subrayar algunos párrafos.

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A continuación, los extractos:

Mundial de Fútbol: remembranzas y lecciones

Escrito por: Andrés Camilo R. Cifuentes – 23/11/22

[Respecto del] Campeonato Mundial de Fútbol … es menester hacer unas cuantas remembranzas. Al menos, dar con el pie y la cabeza a tres lecciones de interés público para los trabajadores en el terreno vivo e integral de la cultura […]

La primera lección es la contradicción entre la pasión futbolera de masas por el arte y espectáculo del balompié, […] contrastado con el déficit de sensibilidad y conciencia estética de buena parte de las ‘izquierdas’ … las ciencias sociales y la filosofía.  

Con ocasión del Mundial, pasemos revista a imprecisiones y miserias de incomprensión del fenómeno cultural del fútbol, la institución del mundial y sus dimensiones políticas, que muestran la crisis misma del pensamiento y de la cultura, la putrefacción mental de las universidades y partidos de ‘izquierda’ [progre], contrastándolas con las lecciones que hoy les traemos. 

El fútbol, dicen algunos, su consumo cultural, fue visto como actividad alienante y desvío de lo real […] Algo falso por su unilateralidad. El fútbol es arte deportivo de primera línea popular, si bien no se sustrae a los circuitos del capital y su industria cultural, i.e. el narcótico futbolero de la sociedad del espectáculo. Empero, el científico social y filósofo marxista de nuestro milenio que ose limitarse a decir aquella ligereza del fútbol, caerá en el ridículo y desprestigio, […]  Algo semejante hizo la burocracia estalinista y la izquierda tradicional, diciendo que estas expresiones eran “hacerle el juego” a la cultura imperialista. 

De hecho, la pobreza cultural la encontramos en la intelectualidad y sus medios de expresión, más que en el público variopinto de aficionados, amateurs, televidentes y asistentes. 

Todavía existe un déficit de comprensión entre las intersecciones de arte y política y el fenómeno deportivo en sí junto al mercado. La woke política del liberalismo, el sectarismo anti fútbol de la ultraizquierda y lo políticamente correcto y oportuno del ‘progresismo’ y el conservatismo, muestran tal déficit estético que no es culpa de ellos sino de la propia decadencia cultural del capital y el trabajo apresado. Sea esta, de nuevo, una ocasión, para rememorar la antología clásica Su majestad el fútbol (1968) y El fútbol a sol y sombra (1995) del uruguayo Eduardo Galeano, su pluma fantástica, movida por las piernas de futbolistas.  […] 

Quien no tenga una sensibilidad artística no podrá hacer una revolución triunfante ni ponerse, verdaderamente, del lado del pueblo trabajador, tener contacto con su modus vivendi. Ya que, como dijo Trotsky en Literatura y revolución (Cap. VII, 4, 1924), la revolución dará, además de pan, el derecho a la poesía. Y el fútbol, para algunos filósofos, pareciera ser una manifestación poética en el campo del deporte, con las jugadas de sus artífices, las narrativas de los locutores y, sobre todo, el sentir de los espectadores y el retrato de los artistas. […]

[La] visión sectaria hacia el balompié se resume en dos frases: una de ellas es “ya se acabó el Mundial, concentrémonos en lo importante” […]

Teniendo en mientes la pelota de cuero y el Mundial de Fútbol, quien ose hacer un análisis serio, ponderado y dialéctico de la industria cultural de masas, aún de estética del fútbol, no podrá caer ya en las pisoteadas en falso y lugares comunes del enfoque politológico vulgar de la izquierda, la derecha y el centro. 

Así como la filosofía del arte ha incursionado en el cine de terror y ficción, lo debe hacer con el fútbol. Donde el prisma de la técnica futbolística y sus gladiadores, los estadios y los negocios, los públicos y barras, el fanatismo y el lumpenismo, las ideologías y emociones, la catarsis, sean reconsiderados de nuevo, teniendo siempre una máxima: cada partido es único y concreto. […]

La segunda lección es que […] el fenómeno futbolístico tuvo un sinnúmero de expresiones políticas de distinta índole y cromática. Muestra que, más allá del mundial, el fútbol es político por excelencia, con la exquisitez de su atmósfera cultural envolvente, su droga. […]

[…] El fútbol tiene varios símiles con la lógica política. Ambos implican luchas de partidos-equipos, sus resultados son de triunfo-derrota, hay que diseñar una táctica y estrategia distinta para cada encuentro. En el fútbol y la política se precisa de roles precisos y ubicación de cuadros para dar las batallas, se precisa de entrenador, capitán, defensas, mediocampistas, vanguardia de ataque y volantes. También es consustancial al fútbol y la política las hinchadas de copartidarios y detractores, bandos enfrentados y campo de juego, el arte de armonizar y conflictuar las emociones y personalidades, etcétera. El fútbol, análogo a la revolución, es la fiesta de los pobres, donde se encuentran y sus miembros despiertan y concitan emociones de alegría, rabia y desfogue; obviamente, su encauzamiento es distinto, va por distintos caminos, métodos y objetivos. […]

La tercera lección es la remembranza y su prospectiva, no tanto de lo que han sido las festividades mundiales, sus cultos universales a la perfección y virtuosidades humanas, llámese Juegos Olímpicos de herencia griega, llámese Mundial de Fútbol de resonancia latina e inglesa, cualquier otro, sino la posibilidad misma de lo que podrían ser en el futuro civilizatorio, más allá de la coyuntura de sus cuatrienios deportivos. Que el goce cultural y la felicidad no sea apenas un elixir excepcional, un afuera de la normalidad e infierno del capital, sino un momento universal de la libertad, de lo común, de plena realización futbolística y futbolera. […] 

Pero ahora, quisiéramos soñar que, como parte del proceso de la civilización […] el fútbol se convierta en el encuentro deportivo amistoso entre pueblos y una lucha pacífica y conflictiva de equipos con pasiones encontradas, inusitadas e hinchadas vivas. 

Una vez hayamos ‘goleado’ al Imperialismo, hasta hacerlo desaparecer de la faz de la Tierra. Una vez que su barbarie no contamine los campos verdosos del balompié mundial. Toda vez que logremos ganar el partido de nuestras vidas, el fútbol y su mundial serán verdaderamente universales y el balón de oro podrá rodar en un planeta, libre de pobreza, exceso de sufrimientos y opresión entre naciones. 

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