
15 – 06 – 2026 Actualizado 17 – 06 -2026
Para sorpresa de muchos, un candidato de la extrema derecha más recalcitrante del país, Abelardo De la Espriella, ganó la primera vuelta presidencial en Colombia, superando por más de 650.000 votos al candidato del gobierno y del Pacto Histórico. Sin embargo, como dice el viejo adagio, ‘en política no hay sorpresas, sino sorprendidos’. Y entre los más sorprendidos se encuentran el propio Gustavo Petro, su gobierno y amplios sectores de sus seguidores.
De nuestra parte, de alguna manera, lo habíamos anticipado. El 19 de mayo habíamos escrito: «… En este panorama aparece un hecho que resulta, en cierta medida, contradictorio: tras cuatro años de gobierno progresista y luego del completo debilitamiento del uribismo tras el estallido social, la actual campaña muestra que la extrema derecha amenaza con imponerse sobre Cepeda … Por otra parte, este fortalecimiento de la extrema derecha desmiente la idea, promovida durante años por algunos dirigentes políticos y sindicales de «izquierda», de que votar por candidaturas “progresistas” permitiría derrotar al uribismo o frenar el avance de la extrema derecha. [https://opcionmarxistainternacional.com/elecciones-colombia-alternativa-independiente-clase-trabajadora/].
Pero mucho más allá de eso, compartimos plenamente la alarma de maestros, trabajadores y jóvenes que observan con preocupación el avance de un proyecto político tan ultra reaccionario y agente dócil de Trump y los intereses coloniales de EE.UU. que éste encarna. No es difícil comprender ese temor. Como lo ha señalado el prestigioso periodista Daniel Samper Pizano, ganó la primera vuelta “un extremista de derecha, promotor de violencia sectaria, millonario, defensor de conocidos delincuentes, (con) el sello de Donald Trump, como garantía de racismo, xenofobia, censura y grosería…”.

Y así es. Se trata de un sector de ultra derecha profundamente ligado a los intereses de las élites económicas nacionales e internacionales. Extrema derecha tanto burguesa como de clase media, que aspira a descargar con violecia el peso de la crisis social y económica sobre los trabajadores y los sectores populares. Sus fines son hacerlo para desarrollar una política favorable a los grandes grupos empresariales. Su proyecto busca atacar no sólo las libertades democráticas sino acabar con derechos conquistados mediante años de lucha, profundizar la explotación laboral e incrementar la subordinación y entrega del país con sus recursos, a los intereses de las grandes trasnacionales de EE.UU. y otras potencias.
Expresa un sector de la clase dominante y de la clase media, vinculados estrechamente y de vieja data, a los intereses de los magnates de EE.UU. Por ello no es casual que Trump en una grosera injerencia colonialista, escribió “Felicitaciones a ‘the Tiger’… Abelardo de la Espriella … por su decisiva victoria en la primera vuelta”. Se trata de un sector similar al que expresa Milie y sus seguidores en Argentina, agente directo del sector más reaccionario del imperialismo, liderado por Trump . El mismo sector social y político que respalda al sionismo israelí en su genocidio atroz y la usurpación de la tierra de los palestinos.
Ahora bien, esa amenza no es solamente algo electoral. Aunque no gane en la segunda vuelta, se expresa y a futuro se expresará, en todas las clases sociales e instituciones del país: parlamento, partidos, sindicatos y FF.AA. Su fortalecimiento es el resultado de procesos políticos y sociales más profundos que ya venían en marcha y que exigen una respuesta organizada desde ahora, independientemente de los resultados de las elecciones.
Por eso coincidimos plenamente con quienes identifican este sector de la clase dominante del país, como un serio un enemigo de los intereses populares y una amenaza real para los trabajadores y los más pobres. Sin embargo, la discusión fundamental no radica únicamente en reconocer el peligro, sino en definir cuál es el método más eficaz para enfrentarlo y derrotarlo.
Desde esa coincidencia básica con miles de trabajadores y jóvenes conscientes, discrepamos profundamente de la idea, promovida por numerosos dirigentes políticos y sindicales vinculados al gobierno y hasta por grupos que se dicen socialistas, de que este desafío puede resolverse mediante el voto. Resulta ilusorio pensar que una amenaza de esta magnitud, incluso definida por todos ellos como “fascista”, pueda ser derrotada a través del acto individual de votar y no por la acción de lucha colectiva de obreros y trabajadores.
Tampoco compartimos la idea de que semejante amenaza política se podrá conjurar votando por Cepeda. Las direcciones sindicales vinculadas al Pacto Histórico y quienes simpatizan con la candidatura de Iván Cepeda, desgraciadamente consideran que la forma principal de derrotar a esa ultraderecha es a través de las urnas. Y para peor, que el triunfo de un candidato como Cepeda sería garantía de ello y de la defensa de nuestros derechos. Yendo contra los hechos y la experiencia de estos años, argumentan que la continuidad del gobierno progresista enfrentará con firmeza ese nefasto proyecto, algo que no hicieron. Además, que resolverá las profundas necesidades de la clase trabajadora, de los sectores populares y del país en su conjunto. Que su «Acuerdo Nacional» con sectores patronales y políticos liberales tradicionales, es garantía de ello. Esa posición, es refutada por los hechos recientes. La política del progresismo amarrada a la conciliación parlamentaria con sectores de las elites y con la extrema derecha, están en la base del desengaño de muchos de sus anteriores seguidores. Esa política históricamente ha demostrado sus límites: creer que los problemas fundamentales de la clase trabajadora y el pueblo pobre pueden resolverse exclusivamente a través de los cambios electorales de gobierno y de las instituciones del Estado, con tibias reformas y sin afectar en serio el sistema de dominación capitalista que está en la raíz de estas problemáticas.
No obstante, es claro para nosotros que Iván Cepeda representa un proyecto político muy distinto al de De la Espriella. Si bien ambos expresan sectores empresariales burgueses, lo hace defendiendo intereses de sectores patronales distntos y perspectivas diferentes sobre la forma de administrar el Estado capitalista colombiano y sus instituciones, incluidas las Fuerzas Armadas. También difieren sobre el grado de subordinación que debe mantener el país con Estados Unidos, pero sin cuestionarla a fondo y manteniendo esa dependencia.
El propio Iván Cepeda así lo señaló: “queremos un modelo económico productivo con equidad. Es un capitalismo social”. Es decir, su propuesta, al igual que la del actual gobierno de Petro, no pretende cuestionar la explotación del trabajador que es la base del sistema capitalista. Busca sólo administrarlo aunque bajo una orientación distinta. Su programa busca impulsar el desarrollo del capitalismo colombiano, continuando con algunas concesiones menores y limitadas, sin atreverse a afectar las enormes ganancias de banqueros, terratenientes grandes industriales y comerciantes. Las fabulosas ganacias de estos capitalistas en estos cuatro años, son la prueba de ello. Se trata de la misma política experimentada en Venezuela, Ecuador, Argentina, Bolivia y otros países, de supestamente buscar un capitalismo equitativo y humano. Los desastres sociales que han caído sobre las espaldas del pueblo trabajador en esos países y cómo esas políticas le abrieron el camino al avance de la extrema derecha, deberían ser hechos suficientes aclarar las confusiones que embargan a los trabajadores en Colombia.
Eso es consecuencia de que pese a sus profundas diferencias políticas e ideológicas, ambas candidaturas se mueven dentro de los límites de la defensa del mismo sistema económico y social. Estas diferencias, por profundas que sean, no modifican el hecho de que ambos proyectos se sitúan dentro de los marcos fundamentales de la sociedad capitalista. La discusión central entre ellos gira en torno a cómo administrar ese sistema opresor y qué tipo de políticas aplicar, más que a una transformación de sus bases económicas esenciales. Desde una perspectiva socialista, las diferencias entre ambos proyectos no radican en que los progresistas quieran la superación del capitalismo, sino en el modelo político y social mediante el cual pretenden administrarlo y desarrollarlo. Tal como precisa el marxismo “Bajo las condiciones del capitalismo actual, un gobierno que no sea el instrumento del capital financiero, es imposible en general” (León Trotsky). Por ello discrepamos profundamente de la ilusión de que por medio de la ‘democracia’ electoral se pueden vencer los límites que impone a la sociedad, la propiedad privada.
Sin embargo, la experiencia demuestra los límites de esa concepción. La idea de un “capitalismo social” pretende ocultar que todos los avances y bienestar económico, laboral o social obtenido por los trabajadores, no han sido el resultado de la generosidad de empresarios “humanos” ni de la buena voluntad de los gobiernos, sino de lo arrancado por la lucha organizada de la clase obrera y los sectores populares, mediante huelgas, movilizaciones y procesos de resistencia logrando conquistas y obligando a legislaciones en su favor. El mejor ejemplo son los tímidos avances y reformas bajo este gobierno, sin ninguna duda, resultado indirecto o deformado, del estallido social de masas en 2021 y no de la mera voluntad de los progresistas.

¿Cómo enfrentarlo y derrotarlo?
No obstante, más allá de diferencias, esta es la cuestión central. La situación plantea una tarea urgente: reconstruir la movilización social y la acción colectiva. Es necesario que las organizaciones sindicales, populares y juveniles rompan con el inmovilismo que ha predominado durante los últimos 4 años y retomen los métodos que demostraron su eficacia en el pasado: la movilización masiva, el paro y la huelga.
La experiencia reciente lo demuestra. Fue la lucha en las calles la que logró derrotar la reforma tributaria de Iván Duque y derrotar al uribismo. Fueron las grandes jornadas del estallido social de 2021 con su enorme fuerza las que lo lograron. Esa fuerza la pueden desplegar los trabajadores, los jóvenes y los sectores populares cuando actúan de manera organizada y masiva. Incluso fue esa fuerza de la movilización masiva lo que permitió -como resultado indirecto y deformado- a Petro y el Pacto Histórico acceder a la administración del estado capitalista. Sin el estallido social, no se explica el gobierno Petro.
Cómo método se trata del mismo contundente y eficaz que hoy muestra la clase obrera y los sectores populares en Bolivia. La contundente acción de masas que enfrenta un gobierno de derecha muy similar al que sería uno de De la Espriella acá. Esa masiva lucha en Bolivia echa por tierra lás fábulas en boga de que si gana ‘la derecha’, ésta avanzará sin obstáculos arrasando los derechos y conquistas del pueblo trabajador. No compartimos esa idea fatalista.
Consideramos que la mejor forma de enfrentar a De la Espriella no consiste en depositar expectativas en el terreno electoral, sino en impulsar desde ahora la organización y lucha de los trabajadores y del pueblo pobre, completamente independiente del gobierno. La movilización, el paro y la huelga constituyen los medios fundamentales para frenar y derrotar cualquier intento de imponer políticas antipopulares y para construir una verdadera alternativa al servicio de las mayorías.
Desde nuestra perspectiva la situación coloca a los trabajadores y sus organizaciones de masas (sindicales y populares), ante el reto de buscar derrotar a De la Espriella recurriendo al único método serio, real y posible: la lucha directa, la movilización, el Paro y la huelga. Tal como se logró con el uribismo, y su Tributaria. No será con la acción de grupos de activistas, con una indignación limitada al resultado electoral. Será con la fuerza de la movilización y acciones multitudinarias de las masas juveniles y de trabajadores, como la desplegada en el estallido social de 2021. Volveremos luego sobre esto.
El resultado electoral
“Abelardo se ganó la clase media” tituló la prensa. Varios medios coincidieron en señalar un hecho central: el avance de Abelardo De la Espriella entre los sectores medios de la población, que antes habían votado por Petro y el Pacto Histórico.
Diversos análisis mostraron que el candidato de la extrema derecha no solo conservó el respaldo tradicional de los sectores más acomodados, sino que también logró atraer una parte importante del electorado que en los últimos años había apoyado al Pacto Histórico. Según reseñó La Silla Vacía, “le ganó algunos votantes populares a la izquierda y buena parte de los de clase media… Aunque la izquierda mantuvo fortaleza en numerosas zonas populares, la derecha avanzó significativamente en barrios de clase media e incluso en sectores de clase media baja”.[1]
El fenómeno fue especialmente visible en Bogotá. Aunque el candidato del Pacto Histórico obtuvo más votos que De la Espriella en la capital, la derecha registró un crecimiento importante en numerosos puestos de votación que en 2022 habían respaldado mayoritariamente a Gustavo Petro. De acuerdo con los datos citados por la prensa, decenas de puestos electorales cambiaron de orientación política y pasaron a favorecer a la candidatura de De la Espriella.
La magnitud de este desplazamiento fue destacada también por los grandes medios. El Tiempo señaló que “los micro datos de la elección revelaron un cambio sustancial en los sectores medios de la capital. Mientras en 2022 Petro había ganado en más del 90 % de los puestos de votación ubicados en zonas de clase media, en esta elección el Pacto Histórico perdió la mayoría de ellos. En otras palabras, una parte significativa de la que había sido su principal base electoral decidió respaldar una alternativa de derecha”[2].

Aunque electoral, este resultado expresa un fenómeno político profundo. Más de diez millones de votos respaldaron a un candidato que representa el surgimiento de una nueva derecha, más radical que la encarnada tradicionalmente por el uribismo y con rasgos similares a los proyectos encabezados por Nayib Bukele en El Salvador o Javier Milei en Argentina, en grosera subordinación y entrega a la tutela de Trump y los EE.UU. Se trata de una corriente que logra apoyo no solo entre los sectores empresariales y las capas más acomodadas, sino también entre franjas importantes de la clase media e incluso de capas de asalariados, maestros y sectores populares.
La elección vuelve a poner en cuestión la idea simplista de que la pobreza conduce automáticamente a posiciones políticas de izquierda. La sociedad está atravesada por intereses de clase contrapuestos, pero las posiciones políticas de los distintos sectores sociales no se determinan de manera mecánica por su situación económica. La experiencia demuestra que amplios sectores de trabajadores y de la población pueden ser atraídos por proyectos de derecha cuando perciben que las organizaciones que dicen representarlos no son consecuentes ni significan respuestas contundentes y efectivas para atacar las causas de sus problemas más urgentes.
Al mismo tiempo, estos resultados muestran las consecuencias de la política de conciliación de clases, basada en la idea de armonizar intereses opuestos entre trabajadores y empresarios. Cuando las demandas sociales permanecen sin solución y las expectativas generadas no se cumplen, se abre espacio para que sectores cada vez más reaccionarios capitalicen el descontento, la frustración y la sensación de crisis presentándose como salida a la impaciencia y desesperación característica de las clases medias, que quieren soluciones sin sacrificarse ni afectar sus comodidades, en su busqueda electoral de soluciones ante el avance de la violencia y la decadencia social. En ese terreno es donde esta nueva derecha ha encontrado las condiciones para fortalecerse, ir a la ofensiva y ampliar su influencia política.
¿Qué pasó?
Sería ingenuo esperar que el gobierno o los sectores más comprometidos con él respondan de manera seria y autocrítica a esta pregunta fundamental. Tras conocerse los resultados, la reacción inmediata fue denunciar un supuesto fraude. Al llamado de Petro le siguieron marchas, acciones descolgadas de grupos de activistas juveniles, ataques a Sedes de De La Espriella, paros parciales en algunas universidades, plantones y velatones promovidos por dirigentes sindicales, militantes del Pacto Histórico y otros sectores afines al gobierno. Sin embargo, ante la evidencia del resultado y el silencio de Petro a ese respecto, esas acciones puntuales limiadas a lo electoral, se diluyeron rápidamente.
Más que explicar el resultado electoral, estas iniciativas no buscaban explicar lo sucedido, sino encubrir la sorpresa y el desconcierto provocado por el revés electoral y huír hacia adelante. Ahora, con evidente nerviosismo y desesperación, los mismos sectores en su exaltación, buscán frenéticamente votos para la segunda vuelta. Incluso esgrimen como amenaza un nuevo “estallido social” si triunfa De la Espriella. Hablan, paradójicamente, de un fenómeno social que ellos contribuyeron a desactivar en 2021 y mantener en la pasividad completa durante estos 4 años. Especulan con la creencia de que una explosión social de masas puede surgir por simple decisión de los dirigentes políticos o grupos de activistas. Curiosamente, los hechos aislados y el mismo discurso alarmista, sirve a la campaña de De la Espriella para generar odio o miedo y ganar más apoyo.
Sin embargo, para los trabajadores conscientes la pregunta sigue siendo ineludible: ¿qué ocurrió realmente? ¿Cómo fue posible que un candidato tan de ultra derecha alcanzara semejante respaldo, enfrentando al candidato de las concesiones sociales del gobierno, con Petro y sus miles de funcionarios e ingentes recursos, haciendo campaña?
Desde nuestro punto de vista, la respuesta no debería sorprender a quienes hayan analizado de manera crítica el proceso abierto por el extraordinario estallido social de 2021. Aquel movimiento protagonizado por la juventud y amplios sectores populares expresó una profunda inconformidad con el orden existente y abrió enormes expectativas de transformación. Sin embargo, esas energías fueron dilapidadaas por el P.H. Para estabilizar y calmara las agguas, las canalizaron hacia la vía institucional y electoral. Las masas fueron llevadas a abandonar las calles y el impulso de movilización fue sustituido por la confianza en la gestión gubernamental y parlamentaria. Hoy, de aquella experiencia de movilización solo queda un recuerdo distante, rodado de mentiras y una campaña sucia de que el Estallido de 2021 se trató sólo de las acciones marginales de la primera línea. El enorme capital político generado por esa expresión de profunda inconformidad del levantamiento social de masas, se ha disipado y ya no opera como un factor de impuslo al Pacto Histórico. Y la política seguida por los dirigentes sindicales y sociales, de mantener a los trabajadores estos cuatro años en la mayor desmovilización, a la espera de la conciliación y el pacto parlamentario con las élites tradicionales, con paramilitares y hasta con Uribe y el uribismo -como el intento fallido de aprobar la Ley Estautaria de Educación-, pasaron factura. (Le puede interesar: ¿Habrá cambios si se vota por los políticos tradicionales?)

Así, la experiencia colombiana no constituye una excepción. Procesos similares se observaron en otros países de América Latina. En Chile, la frustración generada por las vacilaciones, cociliación e inconsecuencia del gobierno de Boric abrió paso a la derecha encabezada por Kast. En Argentina, el desgaste por las mismas políticas burguesas de colaboración, acumulado durante los gobiernos kirchneristas, creó las condiciones para el ascenso de Milei. En cada caso, ese fue el resultado de limitarse sólo a atacar algunas de las consecuencias y no las causas de los problemas de fondo que afectan a los trabajadores y las mayorías pobres. Esa política y su fracaso fue la que abrió espacio para el crecimiento de opciones cada vez más reaccionarias. Explicación que rehuyen quienes sólo gritan alarmados sobre el «avance de la derecha y el fascismo«, como si fuera el acabose.
Como señaló León Trotski al analizar fenómenos semejantes, en períodos de crisis social las capas medias pueden inclinarse en direcciones opuestas. Cuando no encuentran una salida convincente y sólida en el movimiento de los trabajadores, terminan buscando respuestas en proyectos autoritarios que prometen orden, estabilidad y soluciones inmediatas. El resultado de la elección reciente parece expresar precisamente ese fenómeno:
Para que la crisis social desemboque en [un cambio de fondo], es necesario que haya un vuelco decisivo de las clases pequeño-burguesas en dirección [a la causa de los trabajadores] … La última elección reveló un vuelco en la dirección opuesta. Bajo el impacto de la crisis la pequeña burguesía se volcó, no hacia los trabajadores sino en la dirección de la reacción más extrema (León Trotski)[3].
Durante estos años, la persistencia e incremento de la violencia, el fortalecimiento de estructuras armadas y pandilleros ligados al narcotráfico así como la ausencia de transformaciones profundas en el campo por no atreverse a atacar a fondo la gran propiedad terrateniente y la negativa a romper con la imposición imperialista de «guerra al narcotráfico», alimentaron la violencia y una creciente sensación de inseguridad e incertidumbre. A ello se sumó la continuidad de la corrupción y los problemas sociales que afectan diariamente a millones de trabajadores: el deterioro de los servicios de salud en general y en particular del magisterio, el desempleo, la informalidad, la pobreza, la carestía de la vida, la crisis de vivienda y las dificultades para acceder a una educación superior de calidad.
Es muy útil la descrpción hecha por el ya citado periodista Daniel Samper Pizano, que difícilmente puede ser acusado de ser de derecha:
“…si el 21 de junio los votos por Iván Cepeda…suman menos que los que recibirá De la Espriella…muchos lamentaremos la victoria del tal tigre…pero la responsabilidad no será del candidato barbilindo…ni de las oligarquías colombianas y ni siquiera de…Trump sino de Petro y de quienes lo han acompañado en una aventura gubernamental dónde muy pronto estallaron los escándalos y robos. antigua línea roja de la izquierda. Pocas imágenes han hecho tanto daño como la de esos camiones en la Guajira…¨(y) la actitud [complaciente] del primer mandatario con funcionarios corruptos que recibían como castigo una sabrosa Embajada … faltó autocrítica y sobró arrogancia …”[4]
Frente a esta realidad la extrema derecha logró capitalizar el desencanto. Amplios sectores de la población percibieron que las promesas de cambio no se tradujeron en mejoras sustanciales. La frustración acumulada golpeó especialmente a las capas medias, tradicionalmente más impacientes frente a la incertidumbre social y económica. Buscando respuestas rápidas y aparentemente eficaces, muchos de sus integrantes terminaron desplazando su apoyo hacia una opción que promete imponer orden mediante la autoridad, la fuerza y la mano dura.
De esta manera, la ultra patronal presentó soluciones simples para problemas complejos y apareció ante millones de personas como una alternativa ‘democrática’, alejada de la corrupción y, ante todo, capaz de restaurar con firmeza la seguridad y lograr el cese de la violencia que el gobierno había prometido, sin lograrlo. Allí radica una de las claves de su crecimiento electoral.
Por eso, el avance de esta nueva derecha constituye, en gran medida, una consecuencia de las limitaciones del proyecto reformista encabezado por Petro que les pavimentó el camino. Pero también expresa otro problema: la ausencia de una alternativa política crítica e independiente, por cuenta de las organizaciones sindicales de los trabajadoresfrente frente al gobierno, tanto en la lucha directa como en lo electoral, que hubiera podido canalizar por la izquierda el descontento, la frustración y la pérdida de confianza generados durante estos años. (Le puede interesar: Colombia: elecciones sin alternativa de independencia de clase).
No existió una fuerza audáz con influencia real, que propusiera a los trabajadores y población, un programa de lucha y movilización para enfrentar con firmeza el alza de los combustibles, el deterioro de la salud de los amestros y en general, los problemas de corrupción, desgreño, violencia, pobreza, desempleo y los servicios públicos, etc. Tampoco hubo una referencia político-electoral independiente y de clase capaz de diferenciarse claramente tanto de las vacilaciones del gobierno como de las propuestas reaccionarias de la derecha. Ese vacío, entonces, empezó a ser ocupado por la extrema derecha.
Por ello, es completamente explicable y no debería resultar extraño que muchos trabajadores observen con distancia la candidatura de Cepeda y desconfíen de un proyecto que identifican con el balance de estos años. Pero al mismo tiempo, rechazan, el carácter agresivo, reaccionario y ultraderechista de los sectores agrupados alrededor de De la Espriella, pues identfican lo que representa ese proyecto y sus posiciones antipopulares, autoritarias, xenófobas y contrarias a los derechos democráticos.
Ante esta realidad de ausencia de una alternativa electoral independiente que represente auténticamente los intereses de su clase, muchos trabajadores conscientes tienen la opción de votar en blanco como una forma de expresar en el ámbito electoral, su total rechazo a De la Espriella y, a la vez, su profunda inconformidad ante el proyecto «tibio» de quienes como Cepeda y el PH le abrieron paso y no se atreven ni de palabra a enfrentar con decisión al engendro ultraderechista, poniendo sus esperanzas en los paños de agua tibia de la colaboración de clases y el “acuerdo” con sectores empresariales y patronales. Pero como luchadores y socialistas sabemos que por más que el resultado sea adverso a las ilusiones de muchos, las elcciones y no son el fin de la historia y menos ‘el fin del mundo’.
¿Si ganara De la Espriella en verdad sería el acabose?
Más allá de las causas que explican su ascenso electoral, hoy la cuestión decisiva para los trabajadores y los sectores populares es identificar con claridad el peligro que representa y, sobre todo, cómo enfrentarlo con éxito.
Por supuesto, estamos completamente en contra de un eventual triunfo electoral de De la Espriella. Como hemos dicho, no hay dudas de que un gobierno suyo intentaría restringir derechos democráticos, atacar las organizaciones sindicales y populares, profundizar la explotación laboral y descargar el peso de la crisis sobre los trabajadores y los sectores populares, profundizando la entrega del país a Trump.
Sin embargo, reconocer ese peligro no significa aceptar la idea fatalista de que su triunfo equivaldría automáticamente a una derrota completa de los trabajadores y el fin de sus derechos. Ningún gobierno puede imponer sin resistencia un programa contrario a los intereses de las mayorías cuando enfrenta una respuesta organizada de la clase trabajadora y los sectores populares. La capacidad de aplicar sus políticas dependerá completamente de la correlación de fuerzas y de la disposición de lucha que encuentren frente a sí.
Las nuevas generaciones de trabajadores y luchadores tienen el reto de conocer y aprender de la experiencia, para no olvidar lo esencial:
“Abandonándose a su pánico, nuestros estrategas de la desgracia olvidan lo esencial: la gran superioridad social y combativa del proletariado…El proletariado es capaz, no sólo de luchar sino de vencer…Lo que impresiona a los trabajadores, no es tanto la fuerza de los fascistas, no es tanto la necesidad de una lucha encarnizada. Lo que los inquieta es la falta de seguridad de la dirección, sus vacilaciones, sus tergiversaciones en el momento más grave”.[5]
Esto lo demuestra la propia historia reciente de Colombia. El estallido social de 2021 logró derrotar la tributaria, tumbar al Ministro Carrasquilla y alterar profundamente la situación política nacional. Del mismo modo, las actuales movilizaciones de trabajadores, campesinos, maestros y mineros en Bolivia muestran que incluso gobiernos de derecha que intentan descargar sus paquetazos y la crisis sobre los trabajadores pueden ser enfrentados mediante la acción colectiva, las huelgas, los paros y la movilización de masas.
La experiencia demuestra que los derechos democráticos, las libertades y las conquistas sociales nunca han dependido exclusivamente de quién ocupe el gobierno, sino de la capacidad de organización y combate de quienes buscan defenderlos. Por eso, el problema no consiste únicamente en impedir la llegada de De la Espriella al gobierno, sino también en preparar desde ahora, la fuerza social necesaria para enfrentar sus políticas si llegara a triunfar.
Entonces urge desmontar esa falacia. No. ¡No es el acabose! Porque eso NO depende, así como nunca ha dependido, de los planes y perversos propósitos de los gobernantes. Enfrentar a De la Espriella y sus pares, depende enteramente de la lucha de clases y de si logran vencer las dudas de sus dirigentes.
Por ello, resulta equivocado y muy dañino el clima de derrotismo que hoy intentan difundir algunos sectores políticos juveniles y sindicales relacionados con el gobierno, la guerrilla o sus seguidores «socialistas» . El miedo puede servir para conseguir votos, pero no para organizar una resistencia efectiva. Ninguna conquista obrera ha sido defendida mediante el pánico; todas han sido conquistadas y preservadas mediante la organización, la movilización y la lucha colectiva.
Corresponde entonces a los dirigentes y luchadores honestos disponerse desde este mismo momento a organizar la lucha masiva y combativa, renunciando a hacerlo sólo en el terreno electoral, el más favorable a los políticos profesionales de la burguesía y la pequeña burguesía y el menos favorable a la defensa de los intereses obreros y populares. (También le puede interesar: ¿De verdad en 200 años no se avanzó nada?)
Por la derrota de De la Espriella

El eventual triunfo de la extrema derecha plantearía a los trabajadores, la juventud y los sectores populares una tarea inaplazable: organizar la movilización, la resistencia de masas y luchar para derrotar sus políticas reaccionarias.
Esa tarea no podrá resolverse mediante encendidos discursos parlamentarios, campañas mediáticas o acciones aisladas de pequeños grupos, como promoverá el petrismo, como medio para prepararse para las elecciones venideras. La única fuerza capaz de enfrentar seriamente un gobierno de estas características es la movilización organizada de la clase obrera, la juventud y el pueblo.
Sobre las direcciones de FECODE, las centrales obreras, los sindicatos y las organizaciones populares recaerá una enorme responsabilidad. Será necesario impulsar un verdadero Plan de Lucha capaz de responder a cada ataque contra los salarios, el empleo, la educación pública, la salud, las libertades democráticas y las conquistas laborales.
Si la extrema derecha llega al gobierno, la respuesta no puede ser la resignación ni la espera pasiva de unas nuevas elecciones. La tarea será fortalecer la organización democrática desde abajo para impulsar la movilización, los paros y las huelgas, y construir la fuerza necesaria que busque antes que la conciliación con el nuevo gobierno, derrotar sus ataques y hacer retroceder sus planes.
Esa es la principal lección que dejan tanto la experiencia colombiana como las luchas desarrolladas por trabajadores y sectores populares en Bolivia y en distintos países: ningún gobierno puede gobernar y derrotar impunemente a la clase obrera y las mayorías cuando estas logran organizarse y movilizarse masivamente.
Por ello, la principal tarea desde ahora consiste en construir esa fuerza social, política y organizativa capaz de enfrentar y derrotar cualquier ataque contra los derechos democráticos y las conquistas populares, que sin duda estarán sobre la mesa si gana el engendro reaccionario que encarna De la Espriella.
La realidad internacional de crisis caerà sobre el país. Las consecuencias de las guerras y convulsiones por la ofensiva de Trump y todas las potencias, obligará al nuevo gobierno que surja de las elecciones —independientemente de sus promesas de campaña o de su postura política— a querer aplicar medidas y paquetazos contra los trabajadores y los sectores populares. Esa será la consecuencia de que pese a sus diferencias, mantendrá su subordinación a los intereses de los grandes grupos económicos del paíds y de las potencias imperialistas, particularmente de Estados Unidos.
El actual espejismo electoral se disipará para dar paso a las urgentes movilizaciones sociales y a las luchas de los trabajadores frente al aumento del costo de vida que devorará los salarios, la crisis de la salud o la educación, el aumento de la desigualdad y la violencia, como consecuencias en el país de la crisis económica global que sigue avanzando. Más allá de las elecciones, los ataques patronales pondrán al orden del día la necesidad de reorganizar la movilización en defensa de las condiciones de vida, de trabajo, en la ruta de lograr transformaciones sociales más profundas.
Las futuras luchas y procesos de movilización serán también el terreno donde muchos trabajadores podrán sacar conclusiones, superar las ilusiones actuales y avanzar hacia la construcción de una política y una organización verdaderamente propias, como clase e independiente tanto del gobierno como de los partidos y políticos tradicionales de derecha, extrema derecha o progresistas.
[1] https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/abelardo-se-gano-la-clase-media-datos-de-la-votacion-puesto-a-puesto/
[2] https://www.eltiempo.com/politica/elecciones-colombia-2026/giro-electoral-en-bogota-de-la-espriella-se-quedo-con-la-mayoria-de-votos-de-la-clase-media-en-la-primera-vuelta-la-misma-que-gano-petro-en-3562451 Teniendo en cuenta el total general de votos para estas elecciones, que incluyen los votos válidos, en blanco, nulos y no marcados (4’128.330), el estrato 1 representó el 4,6 por ciento, con 191.195 votos; el estrato dos, el 34,1 por ciento con 1’408.173; el estrato 3, el 40,1 por ciento con 1’654.996 votos; el estrato 4, el 13,2 por ciento, con 544.091; el estrato 5, el 4,9 por ciento con 204.158, y el 6, el 2,6 por ciento, con 105.376 sufragios. Al hacer la diferenciación por mayoría de votos por candidatos, Iván Cepeda obtuvo la mayoría en el primer estrato socioeconómico, con el 59,4 por ciento, y De la Espriella, 23,2 por ciento, y en el estrato dos, Cepeda se impuso con el 52,4 por ciento y De la Espriella, con el 29,2 por ciento. Sin embargo, en el estrato tres la diferencia entre los candidatos punteros se acortó: Cepeda obtuvo el 39,5 por ciento y De la Espriella, el 39 por ciento del total de los votos. En el estrato 4, la votación cambió. De la Espriella obtuvo la mayoría con el 47,6 por ciento y Cepeda, el 27 por ciento. En el estrato 5, el candidato de derecha lideró con el 55,7 por ciento y el de izquierda, con 16,6 por ciento. Y en el estrato 6, el más alto, De la Espriella obtuvo el 59,1 por ciento y Cepeda el 10,4 por ciento.
[3] Trotsky León, La lucha contra el fascismo en Alemania, 1930, Ediciones Pluma, pág. 19.
[4] Columna en video Los Danieles: https://youtu.be/Xdq4xuPMlAo?si=R00ymWUIzqkCRYNX
[5] Ídem, pág. 89.










