“Solo una organización consciente de la producción social, en la que se produzca y se distribuya según un plan, puede elevar a los hombres sobre el resto del mundo animal” F. Engels

Norma Reyes, septiembre 29 de 2026

Fenómenos climáticos de El Niño y El Niño Global sacudirán territorio nacional, según proyecciones del gobierno peruano.

Actualmente para nadie es un secreto que la sobreexplotación que el hombre ha hecho de los recursos naturales en todo el mundo ha elevado a niveles críticos la emisión de gases de efecto invernadero. Esta situación, denominada cambio climático antropogénico, ha generado la alteración del clima y con ello el deshielo de glaciares, incremento de tormentas, olas de calor, huracanes, etc., con consecuencias devastadoras por las inundaciones, deslizamientos de tierra, incendios forestales, crecientes de los ríos y demás efectos producidos. 

El informe de 2022 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), reafirma lo que los científicos vienen planteando desde hace ya mucho tiempo:

El cambio climático provocado por el hombre está causando una alteración peligrosa y generalizada en la naturaleza, lo que afecta la vida de miles de millones de personas en todo el mundo…. Las personas y los ecosistemas menos capaces de hacer frente a la situación son los más afectados.

Una muestra de ello son los incendios forestales de este año en varios países, que han dejado una marca alarmante. Más de 150 millones de hectáreas se han quemado a nivel mundial, una cifra que duplica los registros de 2024 para el mismo periodo. Científicos de la organización World Weather Attribution confirman que el cambio climático por la actividad humana ha intensificado drásticamente estos eventos extremos. Solo entre 2023 y 2024 los incendios forestales ocurridos en la Amazonía que afectaron a 30 millones de habitantes en Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador y Bolivia, provocaron interrupciones de transporte, aislamiento de comunidades y pérdida de incontable vida silvestre, según señaló Friederike Otto, cofundadora de dicha institución.

Además, la advertencia del investigador climático Theodore Keeping, del Centro de Política Ambiental del Imperial College de Londres, considera que durante el actual fenómeno El Niño se esperan “eventos más severos”, agregando que “el cambio climático influye en la actividad de los incendios forestales y las condiciones secas y calurosas del clima que promueven los megaincendios”.

Esto se puede ver en Colombia, donde al 26 de agosto de 2026 había casi 120 mil hectáreas quemadas, con afectaciones importantes en municipios como Villa de Leyva (Boyacá) y el departamento del Tolima que es el que más incendios activos tiene en el país (10), según reporte de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo (UNGR).

Gráfico que muestra datos de los incendios forestales en Colombia en 2026

 Cambio climático y fenómeno del niño, un coctel explosivo

“El Niño ya entró a casa y ha subido la calefacción”. Con estas palabras António Guterres, secretario general de la ONU, anunció el inicio de este fenómeno que cambia la temperatura de todo el planeta a pesar de que inicia en aguas del océano pacífico ecuatorial.

Este aumento en la temperatura, en un planeta ya enfermo por el cambio climático, plantea escenarios catastróficos en el futuro inmediato. Según dicen los expertos el calor registrado supera con creces al histórico «Súper El Niño» de 1997-1998, ya que se está adelantando los peores escenarios de aumento de temperatura previstos originalmente para las décadas de 2040 y 2050, en palabras de Antonio Turiel (CSIC), doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid e investigador en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC y Jorge Olcina, responsable del laboratorio de climatología de la Universidad de Alicante.

Por su parte el experto en cambio climático James Hansen destaca que el calentamiento acelerado del mar, potenciado por El Niño, pone en riesgo inminente la integridad de las especies vivas del océano y a las comunidades que se sirven del mismo.

Otros científicos plantean que mares más cálidos pueden aportar humedad y energía adicionales a las tormentas, intensificando el calor en las costas al reducir el efecto refrescante de las brisas marinas. Un efecto adicional es el riesgo de inundaciones por el aumento en el nivel del mar.

Las consecuencias de estos fenómenos naturales no serán únicamente en la región del continente americano, ya que el clima es un sistema interconectado y los fenómenos que se presentan en una región inciden sobre otras. Jorge Olcina explica que se puede presentar sequías en la Amazonía; huracanes muy intensos en la parte del Caribe, así como lluvias intensas en Europa, mientras que Turiel añade otros impactos: “En Perú va a llover más y va a hacer mucho más calor en su verano, que es el invierno nuestro. En diciembre, que es cuando llega el apogeo de este fenómeno, pues este año ellos van a tener más calor y más humedad. En California va a llover más, en Brasil va a haber sequía. En Indonesia va a haber sequía”. Lamentablemente muchas de estas consecuencias se convierten en tragedias por la falta de prevención, como a continuación veremos.

Prevenir antes que lamentar

Los datos planteados por los estudiosos del clima frente al escenario actual de sobrecalentamiento del planeta junto con el desarrollo científico y la experiencia del comportamiento de El Niño en ocasiones anteriores -ya que se trata de un patrón climático habitual- deberían ser tenidos en cuenta por los gobiernos a nivel mundial para diseñar y financiar planes de acción y evitar catástrofes por los impactos de este fenómeno natural. También se debería evitar los daños a la salud, la interrupción en el suministro de agua y energía y asegurar la disponibilidad de alimentos, entre otros.

Y como se plantea en el artículo Terremoto en Colombia: ¿Los desastres son naturales?, “El conocimiento científico de las leyes que rigen la naturaleza y los avances tecnológicos permiten identificar y reducir los riesgos, prevenir sus efectos y evitar que muchos fenómenos naturales se conviertan en catástrofes”.

Pero contrario a lo que dicta la razón, esto no ha sido tenido en cuenta y seguimos lamentando tragedias como la riada en Nepal de agosto de 2026, donde el deshielo de un bloque de glaciar en el Himalaya por el calentamiento global generó un aluvión de lodo, rocas y agua que dejó cientos de víctimas mortales, miles de desaparecidos y comunidades enteras incomunicadas por la pérdida de infraestructura.

Y según lo advertido por la ciencia, impactos como este en la población por los efectos del fenómeno El Niño se incrementarán. Como lo indica el artículo antes citado, las catástrofes aparecen por la política de los gobiernos, que en vez de invertir los recursos suficientes en gestión del riesgo y otras medidas, priorizan las ganancias de las industrias, que con su producción anárquica y la imposición de patrones de consumo, aumenta los gases efecto invernadero y el sobrecalentamiento de la atmósfera.

Por eso ignoran el clamor de los científicos que llevan años insistiendo en que se debe reducir la emisión de CO2. Y a pesar de los “compromisos” adquiridos en las diversas convenciones del clima, lo cierto es que a septiembre de 2026 los gobiernos siguen sin tomar medidas efectivas para que esta reducción tenga el impacto que se requiere y revertir la alteración del sistema climático terrestre. La gravedad de este hecho la planteó la ONU cuando admitió formalmente que el mundo superará inevitablemente el umbral de 1.5 °C de calentamiento global en los próximos años. Los informes más recientes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirman que existe una certeza estadística del 70% de que este rebase ocurra antes de finalizar la década debido a que las emisiones globales siguen sin disminuir al ritmo pactado.

Frenar el cambio climático exige combinar el desarrollo científico y tecnológico con una transformación profunda en la forma de producción y distribución. En su obra Dialéctica de la Naturaleza, F. Engels lo plantea en estos términos:

“Una larga y a veces dura experiencia en el acopio y la investigación de material histórico nos va enseñando, poco a poco, a ver claro acerca de las consecuencias sociales indirectas y lejanas en nuestra actividad productiva, lo que nos permite, al mismo tiempo, dominarlas y regularlas. Ahora bien, para lograr esta regulación no basta con el mero conocimiento. Hace falta, además, transformar totalmente el régimen de producción vigente hasta ahora y, con él, todo nuestro orden social presente”.

Lo anterior deja claro que incluso para lograr una regulación … hace falta, además, transformar totalmente el régimen de producción vigente en una sociedad como la actual, donde la producción está orientada a la ganancia individual del empresario y donde se pone el interés privado por encima del interés común. Es por eso que la prevención de las catástrofes resulta una utopía.

Hay un problema más de fondo

El hombre, parte integrante de la naturaleza, desde sus orígenes se ha valido de ella para procurarse mejores condiciones de vida mediante el desarrollo científico y tecnológico. Esta situación fue adquiriendo dimensiones irracionales y descontroladas en la medida que fueron apareciendo las sociedades divididas en castas o clases sociales. Pero especialmente bajo el modo de producción capitalista y con la emergencia de su agresivo periodo imperialista a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuya dinámica se caracteriza por una expansión colosal y constante de la producción -para lo cual requieren hacerse con el control de las fuentes de materias primas incluso mediante la guerra- con el fin de aumentar la inversión y el consumo y buscar cada vez más ganancias a favor de las grandes corporaciones financieras, en particular las ligadas a la actividad industrial. Esto es lo que ha desencadenado la destrucción de la naturaleza, que es el problema de fondo.

Entonces enfrentar este problema no puede reducirse únicamente a modificar hábitos individuales o incorporar nuevas tecnologías. Es necesario preguntarse qué tipo de relaciones de producción y consumo necesita la humanidad. Frenar el colapso ambiental actual exige dar un vuelco al sistema, colocando la preservación de las condiciones de vida del planeta por encima de las ganancias de las empresas, para salvaguardar con ello las especies, y con ellas la más evolucionada de todas: el ser humano. Y en especial a los que con su trabajo directamente productivo, crean toda la riqueza existente en la sociedad.

Esperar que el sistema capitalista sea modificado gradualmente de forma pacífica y continua para corregir sus desigualdades e injusticias y solucionar además el problema climático y ambiental, como plantea el reformismo, es una falsa ilusión.

Para la muestra el siguiente ejemplo de los negacionistas del cambio climático, que defienden a capa y espada los intereses de la oligarquía financiera dueña de las trasnacionales del negocio de los hidrocarburos, que llevan décadas depredando la naturaleza.

Donald Trump, líder de los negacionistas del cambio climático

Donald Trump durante un evento en una refinería en Dakota del Norte (EEUU). Foto: The White House/D. Myles Cullen (Wikimedia Commons/Public domain).

El panorama actual advertido por la ciencia se da en medio de un contexto político de negacionismo climático por parte de gobiernos de países “desarrollados”, que defienden los intereses de grandes grupos económicos dedicados a la explotación de los combustibles fósiles. Por eso, en contravía de las evidencias científicas, afirman que el calentamiento global no es real, ignorando el impacto del aumento de los gases de efecto invernadero para que sus empresas puedan seguir operando y sus ganancias no sean afectadas.

Como se menciona en el artículo de la revista Visión Marxista El Capitalismo Devasta El Hábitat Humano, si bien este sector de los poderosos existe desde hace mucho tiempo, ahora cuenta con el respaldo pleno de Donald Trump, gobierno de la principal potencia económica y militar del planeta, conformado por representantes de las más poderosas corporaciones energéticas.

Es el caso del secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, magnate petrolero que ha revertido regulaciones ambientales para potenciar la producción nacional de petróleo y gas mediante el fracking. También está el vicepresidente JD Vance, que mantiene una relación estrecha y de fuerte respaldo político y financiero con la industria de los combustibles fósiles.

El Centro Para el Progreso Americano (CAP por sus siglas en inglés) en un análisis de diciembre de 2025 plantea que “la administración Trump ha creado un gobierno basado en la negación del cambio climático, el rechazo a la ciencia y la priorización de intereses particulares… Siguiendo las directrices del presidente y el vicepresidente, los departamentos que supervisan directamente la política ambiental y climática están implementando políticas que se alinean con estas prioridades…Las empresas contaminantes y los aliados multimillonarios de Trump se enriquecen al perpetuar la crisis climática, mientras que los estadounidenses sufren sus consecuencias”.

Pero no solo los monopolios petrolíferos estadounidenses como Exxon Mobil o Chevron niegan el cambio climático. También están la británica British Petroleum (BP), la francesa Total, la holandesa Royal Dutch Shell, o empresas como BASF, ArcelorMittal, Dow Chemical y Bayer, como también empresas del sector automotriz.

Se sabe que la industria petrolera conocía de los efectos del cambio climático por investigaciones científicas hechas desde hace más de 50 años. El documental del portal DW: Los Secretos de la Industria Petrolera-cómo las corporaciones encubren el cambio climático, del año 2018, muestra que compañías como Exxon utilizaron los datos científicos para expandir su industria a menor costo, en vez de tomar medidas que impidieran la aceleración del fenómeno. Por eso no es de extrañar que gasten miles de millones de dólares para financiar gobiernos como el de Trump, que beneficia sus empresas.  Este es un ejemplo contundente de cuáles son los verdaderos intereses que defienden los políticos y cómo el conocimiento científico y la tecnología se ponen por completo al servicio de los negocios de estas poderosas compañías, según lo planteado en el texto citado El Capitalismo Devasta El Hábitat Humano.

Por eso no es de extrañar que a 2026, EE. UU. junto con China encabecen la lista de los diez países con mayores emisiones de CO2. Este top 10 representa aproximadamente dos tercios de todas las emisiones mundiales de CO₂. Esta concentración implica que las decisiones políticas de un puñado de naciones tienen un impacto desproporcionado en la trayectoria climática del planeta, según lo indica la Agencia Internacional de Energía (AIE).

Por su parte en América latina Javier Milei, alineado a las políticas ambientales de Trump, ha cuestionado el consenso científico del calentamiento global antropogénico y ha desmantelado estructuras de control y políticas ambientales en Argentina.

Y en Colombia, el gobierno de Abelardo De la Espriella ha declarado que impulsará el fracking al máximo, en una postura alineada con la visión tradicional que promueve Donald Trump de expandir la extracción de hidrocarburos.

Como queda demostrado, son los países con grandes industrias los que contribuyen en mayor medida al deterioro ambiental. Es decir, no todos los seres humanos somos responsables por igual del cambio climático, como pregonan algunas instituciones “ambientalistas”. Sus afirmaciones tienen el objetivo de desviar la atención de la responsabilidad de los grandes monopolios y sus gobiernos en el descalabro ambiental actual, mientras el resto de la sociedad, sobre todo los más pobres, sufren las consecuencias de las catástrofes por cuenta de la alteración climática que ellos han ocasionado.

Emergencia climática, pobreza y desigualdad social

Un niño observa los estragos causados por una inundación repentina a lo largo del río Trishuli, en el distrito de Nuwakot, en Nepal, el miércoles 26 de agosto de 2026. Foto: AP Photo/Niranjan Shrestha

Instituciones al servicio de las potencias mundiales como la ONU, analizan sistemáticamente los impactos del cambio climático en los países más pobres. El informe más actualizado denominado Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) Global 2025, revela que 887 millones de personas pobres están directamente expuestas a los riesgos del clima. También plantea que “Los países de renta media son un epicentro oculto de la pobreza multidimensional, ya que albergan a casi dos tercios de la población pobre. Y es aquí también donde la crisis climática y la pobreza convergen notablemente”. (negrita en el original).

En concordancia con lo anterior Haoliang Xu, administrador interino del Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo -PNUD- planteó que “La pobreza ya no es un problema socioeconómico aislado: se ve agravada y vinculada a los efectos cada vez más dramáticos de la emergencia climática”.

Y al final del informe de la ONU podemos ver una propuesta para frenar el impacto del cambio climático en los países más pobres: “alinear la reducción de la pobreza, la mitigación y adaptación climática y la restauración de los ecosistemas para beneficiar tanto a las personas como al planeta”. (negrita en el original).

Este llamado, aunque loable, no deja ser inalcanzable bajo este sistema ya que la pobreza de un gran sector de la población mundial es resultado de la concentración de la riqueza en unas pocas manos, que además detentan el control político.    

Por causa de esto en un planeta rico en recursos naturales, con grandes innovaciones tecnológicas, con una masa colosal de riqueza y que produce lo suficiente para alimentar a toda la población mundial, se agudiza la pobreza, el hambre y la desigualdad, ya que este sector se apropia cada vez más de la riqueza producida por los trabajadores.

Esta cruda realidad se puede ver en el informe Contra el imperio de los más ricos. Defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios, de Oxfam Internacional.

El informe plantea que “En 2025, la riqueza conjunta de los milmillonarios en todo el mundo creció tres veces más rápido que el promedio anual de los cinco años anteriores, y alcanzó un máximo histórico de 18,3 billones de dólares. Desde 2020, la riqueza combinada de estos milmillonarios ha crecido un 81%. Mientras, una de cada cuatro personas no tiene lo suficiente para comer, y casi la mitad de la población mundial vive en situación de pobreza”.

Este repunte en el nivel de concentración de la riqueza conjunta de los milmillonarios coincide con la llegada al poder por segunda vez de Donald Trump en Estados Unidos. Su administración está impulsando una agenda que favorece los intereses de los más ricos, entre ellos las compañías del sector hidrocarburos, una de las industrias que más contamina el ambiente.

Por lo tanto, se puede concluir que el sistema capitalista actual es inviable en todo sentido, incluso en términos ambientales, ya que su afán de lucro lo lleva a devastar la naturaleza y la vida humana.  Su sed de ganancia no tiene límite y conducirá a la humanidad a la barbarie si los trabajadores y los pobres, que somos los más afectados, no se lo impedimos.

¿Qué podemos hacer para impedir que el planeta se siga degradando?

Más allá de la propaganda institucional que recomienda reducir el uso de plástico, reciclar, ahorrar agua y energía, disminuir el uso de transporte que funciona con gasolina, cambiar la carne de la dieta por otro tipo de proteínas de origen vegetal, etc., aquellos que defendemos los intereses de los trabajadores y los pobres planteamos que estas medidas de tipo individual son positivas, pero absolutamente insuficientes. Mientras que las grandes industrias no dejen de contaminar la atmósfera, los ríos, los mares, los suelos, o mientras que no dejen de derrochar el agua y los demás recursos naturales, la debacle ambiental es imposible de parar.

Los trabajadores y los pobres, víctimas por muchos años de los daños ambientales que ocasiona esta actividad, tenemos un papel que cumplir para evitar el colapso del planeta. Comprender quiénes son los verdaderos responsables de la catástrofe que nos amenaza y denunciarlos es un buen principio.

Por otro lado, y de manera urgente, tenemos que organizarnos y movilizarnos para exigir a los gobiernos y a las empresas que tomen medidas para enfrentar los impactos del cambio climático y el actual fenómeno El Niño antes que haya más catástrofes. En Colombia, por ejemplo, las organizaciones de los trabajadores y de los ambientalistas pueden organizar la protesta para obligar al gobierno de De la Espriella que destine los recursos necesarios para una real y adecuada gestión del riesgo por parte de instituciones como la UNGR, que se conoce más por los escándalos de corrupción que por sus acciones de prevención. Luchar para lograr que se reestructure este organismo, así como los de rescate, para que funcionen bajo gestión de sus propios trabajadores.    

También es necesario movilizarse para exigir a los gobiernos a nivel mundial vivienda digna para todos los que la han perdido por los desastres. Y para los que se encuentren en sitios de riesgo, la reubicación en sitios seguros.

Como el deterioro ambiental impacta la vida del asalariado, es necesario movilizarse para exigir a las empresas condiciones de trabajo seguras acordes con los cambios en el clima.

Los lideres de los sindicatos tienen un papel que cumplir garantizando democráticamente la organización de los trabajadores. Y junto con los directivos de las demás organizaciones sociales, movilizar a la población y trabajadores para exigir a los gobiernos medidas que beneficien a los desfavorecidos y no a sus amigos empresarios.      

A esta importante lucha inicial se le debe dar continuidad mediante un plan de acción sistemático, nacional y mundial, que permita avanzar para lograr un nuevo sistema donde la tierra, fábricas, bancos, transportes y comunicaciones, entre otros, sean de propiedad colectiva y no privada como en este momento. Donde se planifique la economía en beneficio de todos y se haga un uso racional de la naturaleza, para el desarrollo de la sociedad, aplicando los avances científicos y tecnológicos disponibles.

Para evitar la destrucción de la naturaleza y del mismo hombre es imperioso reestablecer el equilibrio que el capitalismo ha roto. Por eso hay que luchar por una sociedad donde “el trato consciente y racional de la tierra como propiedad comunal permanente sea la condición inalienable para la existencia y reproducción de la cadena de las generaciones humanas”, planteamiento que Carlos Marx formuló hace más de un siglo. Su vigencia se debe a que es mucho más adelantado que los de aquellos ambientalistas liberales que se presentan hoy como novedosos, pero que han sido superados hace rato por la experiencia histórica.

El panorama no es desalentador; el desarrollo científico y tecnológico sienta las bases de lo que podría ser un nuevo futuro. Por ello no sobra reiterar que “para lograr una regulación … hace falta, además, transformar totalmente el régimen de producción vigente en una sociedad como la actual”. Los trabajadores y las masas pobres, víctimas de los desastres que ha ocasionado los capitalistas, tenemos un rol que cumplir en la lucha por la transformación revolucionaria de esta sociedad.

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